Amigo o enemigo, aliado o rival, conmigo o en mi contra: tales extremos maniqueos reflejan la recíproca desconfianza, antipatía, crispación que nos aqueja y divide cada vez con mayor intensidad, con un paroxismo tal que se profundiza la brecha por consideraciones de política partidaria, desembocando en mutuas intolerancias, sospechas de las intenciones del prójimo, incertidumbre y recelo ante lo no familiar.
Tal divisionismo ha afectado, incluso, a familias, también por motivaciones políticas, aparentemente insuperables.
Si el núcleo fundamental en cualquier sociedad se encuentra tenso y confrontado a su interior, algo similar sucede en el tejido social comunitario, aislándonos los unos de los otros.
Lamentablemente, hemos perdido la capacidad de esforzarnos por alcanzar consensos, optando, en vez, por el rechazo, descartando posibles acercamientos, privilegiando la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente; recurriendo a la violencia extrema: desde lesiones hasta ajusticiamientos extrajudiciales con saña de crueldad, con la convicción y fanatismo de que somos poseedores en exclusiva de la verdad, buscando imponerla por cualquier medio.
La proliferación de armas contribuye al creciente estado de criminalidad, que origina el deseo de revancha, atrapándonos en una espiral y un laberinto del que no somos capaces de encontrar salida. La represión a las diferencias culturales y a estilos de vida divergentes con los propios constituyen manifestaciones de la severa crisis en valores cívicos, morales y éticos, devaluados por la inexistencia de liderazgos modélicos inspiradores, que motiven a la población hacia la unidad y la necesaria rectificación de conductas y actitudes cimentadas en la honorabilidad, el perdón, la reconciliación.
Prevalece la codicia, la insaciable sed de poder y riqueza a cualquier costa, no importando cómo se obtiene: el fin justifica los medios, tal la retorcida lógica.
Si la actual crisis que enfrentamos no constituye un aldabonazo que posibilite rectificaciones honrosas, todo está perdido.
Si, por el contrario, somos capaces de lograr cordura y capacidad de perdonar y rectificar, si aún hay esperanza para un nuevo rumbo y destino, personal y colectivo.
Que seamos suficientemente inteligentes para lograr hacer nuestro el “amaos los unos a los otros”. Que este mensaje que nos ha dejado la celebración reciente de la llegada al mundo de Jesucristo Redentor sea tomado y alzado por todos y cada uno de nosotros, cada uno en sus espacios de vida. Confiamos que así sea, por nuestra propia supervivencia y la de nuestros descendientes.
Aún queda tiempo, cada vez menor, para el reencuentro que propicie la reunificación de todos: ante todo y sobre todo somos compatriotas.