Las estadísticas educativas encienden las alarmas al constatarse, tanto a nivel nacional como departamental, la tendencia a la baja en el número de niñas, niños y adolescentes atendiendo centros públicos de nivel primario y medio.
En el departamento de Cortés, en lo que va de este año, 2,958 escolares menos que en el 2025 se matricularon al inicio de clases. Cifras divulgadas por la Secretaría de Educación dan cuenta de que Honduras pierde, en promedio, entre el 1% y el 2% de estudiantes anualmente, lo que debe ser investigado a fondo para determinar las causales que provocan tal descenso.
Una combinación de factores explicativos emitidos a priori debe tomar en cuenta el deterioro económico en los ingresos percibidos por muchas familias de clase baja, tanto en las zonas urbanas como rurales, lo que provoca que los padres y madres de familia se vean obligados a retirar a sus hijas e hijos de los centros educativos para insertarlos en el sector informal de la economía y/o en labores agrícolas a fin de aportar algún ingreso adicional a la precaria economía familiar que debe hacer frente a las alzas en los precios de alimentos, medicamentos, transporte y alquileres.
Si en 2020 el sistema escolar inscribió un total de 1,921,454 alumnos, para 2026 se redujo a 1,818,274, representando una reducción acumulada de 103,000 estudiantes, pese al crecimiento poblacional anual.
Aún prevalece en ciertos progenitores la idea de que el enviar a su prole a recibir educación formal es una pérdida de tiempo y de recursos, una mala inversión cuando la mano de obra de sus vástagos es requerida en el sector laboral, decisión errónea que despoja de futuro a las y los futuros ciudadanos, condenándolos así a formar parte de la “generación perdida” para sus familias y para la nación.
También ocurre que cuando la familia se encuentra dispersa, unos miembros viviendo fuera del país en calidad de migrantes, sus vástagos buscan trasladarse a donde radica la madre, el padre o ambos, buscando la reunificación familiar, para lo cual desertan del sistema educativo e intentan aventurarse, con elevados riesgos en su existencia, para reencontrarse con sus seres queridos y añorados.
Las redes delictivas están al acecho para reclutar nuevos integrantes en bandas juveniles o maras, centrando su atención para ello utilizando una combinación de presiones y halagos para inducirlos a incorporarse desde temprana edad al crimen, exponiéndolos con ello a una vida trágica y violenta, en el proceso condenándolos a todo tipo de adicciones.
Los distintos gobiernos que han conducido el destino de la patria o bien se han mostrado indiferentes y apáticos ante este sombrío escenario que derrocha nuestro principal y más valioso recurso: el humano, o, en el mejor de los casos, no han invertido suficientes esfuerzos y recursos para revertir esta altamente alarmante tendencia que debería ser prioritaria en los planes de desarrollo y en la agenda oficial.
Las autoridades educativas están obligadas a revisar las estrategias implementadas hasta ahora para atraer a los estudiantes que han abandonado las aulas escolares y, a su vez, renovar y actualizar programas de estudio en sus distintos niveles, trabajar en la recuperación de los centros educativos deteriorados, reforzar los mecanismos de seguridad para alumnos y docentes, entre muchas otras acciones que demandan los tiempos actuales para garantizar la formación del recurso humano que el país demanda.