Las actuales mesas de diálogo entre el Gobierno y la empresa privada relativas a los precios de los combustibles constituyen una elocuente prueba de la capacidad de negociación entre las partes, superando los enfrentamientos por las concertaciones, indicativas de un grado de madurez por parte de los involucrados y las organizaciones que representan.
Las protestas promovidas por el sector transporte tendían a incrementarse, con consecuencias que podían conducir a hechos violentos, confrontativos, por lo que era de carácter urgente el ser reemplazadas por acercamientos y acuerdos entre ambos sectores: el público y el privado, cada uno aportando ideas específicas conducentes a alcanzar consensos de beneficio colectivo.
No es la primera vez que nuestra nación enfrenta distintos tipos de crisis, tanto provocadas por la naturaleza como por el hombre, y mediante la unidad ha logrado remontarlas. La actual no debe ser la excepción, siempre y cuando priven el consenso, el desprendimiento y la buena voluntad.
Ante una severa crisis como la actual, que hace sentir sus impactos en la vida cotidiana de nuestros compatriotas, es imperativo la unidad de propósitos, así como el saber compartir retos y metas que permitan remontar el presente desafío de alcances globales, tanto en la economía como en la geopolítica.
Los acuerdos alcanzados constituyen una solución temporal, no definitiva. Lo que se impone es ir gradualmente reemplazando las fuentes generadoras de energía basadas en el petróleo por las alternas, limpias y de menor costo en el mediano plazo: solar, eólica, biomasa, con la ventaja adicional de no ser contaminantes y, consecuentemente, no perjudiciales para la salud y el equilibrio ambiental.
Tal es la tendencia mundial, particularmente para las naciones como la nuestra, que no poseen yacimientos petrolíferos y que, por tanto, necesariamente deben explorar alternativas energéticas sostenibles que reemplacen la fuga de divisas por concepto de importación de combustibles fósiles, que dependen de múltiples factores, entre ellos, que no ocurran conflictos bélicos en los países productores que impacten en la extracción y suministro, lo que ya ocurrió en 1973 y nuevamente ahora, impactando de distintas maneras en la estabilidad planetaria.
El sentarse en la mesa de negociación indica madurez por ambas partes, comprendiendo que la crispación y antagonismos desembocan en callejones sin salida que más bien tienden al agravamiento de la paz social y la estabilidad, esenciales para la producción de bienes y servicios, así como para la generación de inversiones y fuentes de empleo.
Se han logrado alcanzar consensos que merecen aplauso y reconocimiento, demostrando que cuando priva el sentido común y la buena voluntad se pueden superar conflictos que dividen y antagonizan en vez de unir intereses y voluntades alrededor del bien colectivo. Corresponde ahora en pensar y actuar de cara al futuro, de manera consensuada y planificada, en que la concertación reemplace a la confrontación, en que la generación de alternativas realistas y factibles sea la norma y no la excepción.