Los ríos y quebradas existentes en San Pedro Sula son el mejor ejemplo del titular que encabeza este editorial: toneladas de basura de todo tipo contaminan sus aguas, desde cadáveres a desechos industriales. Constituyen basureros colectivos en los que arrojamos desperdicios diversos, sin preocupación alguna por la salud de la población, permanentemente expuesta a epidemias e inundaciones, impidiendo que el agua fluya por la acumulación de basuras que estancan y desbordan las corrientes hídricas.
La vulnerabilidad de nuestra ciudad incluye todo tipo de riesgos: asaltos contra las personas y sus bienes, depredación de la cordillera del Merendón -el pulmón y fuente del agua que consumimos-, el crecimiento carente de la debida planificación y ordenamiento territorial, a lo que se suma el permanente daño ecológico.
Indefensión permanente en detrimento de la calidad de vida que merecemos. Riesgos y amenazas cotidianas ante las cuales no podemos permanecer ni impávidos ni indiferentes.La defensa y protección de los recursos naturales existentes debe ser un compromiso de todas y todos, desde la Corporación Municipal, autoridades militares, educadores, estudiantes, ciudadanía, fuerzas vivas, medios de comunicación, en esfuerzos debidamente coordinados evitando así la dispersión de esfuerzos.
De acuerdo a la Dirección Supervisora de Servicios Especializados, San Pedro Sula genera diariamente alrededor de 1,100 toneladas de desechos sólidos, que deben ser recolectadas y trasladadas al relleno sanitario municipal, no obstante, los vecinos de distintos sectores aseguran que la frecuencia de recolección ha disminuido y que los desechos permanecen acumulados por varios días. Y a pesar que la municipalidad realiza operativos de limpieza junto a la empresa recolectora e impone sanciones a quienes convierten los ríos, calles y bulevares en crematorios, el problema no solo continúa, va creciendo más y más.La ambientalista Lilian Espinoza advierte que cada desperdicio sólido arrojado a las aguas fluviales obstaculiza el flujo del agua y aumenta el riesgo del colapso de los drenajes, provocando inundaciones, especialmente en temporadas lluviosas.
“Cada llanta o electrodoméstico abandonado aumenta el riesgo de que los drenajes colapsen y las inundaciones afecten nuevamente viviendas, comercios y carreteras. Lo que inicia como un problema de recolección termina convirtiéndose en una amenaza para toda la ciudad”, señala.
La responsabilidad es colectiva, consecuentemente todos y todas debemos contribuir al bien colectivo, tanto el ajeno como el nuestro, si deseamos que nuestra ciudad -hogar común de sampedranos y sampedranas-, no se convierta en un inmenso fétido y mortal basurero, con peligro inminente para nuestra salud y vidas.
¿O es acaso que hemos alcanzado tales niveles de apatía y desdén por nuestra existencia que ya nada nos importa?No creemos hemos alcanzado tales estados de ánimo, que constituirían un suicidio colectivo, un estado terminal.