Estamos inmersos en un mundo que valora y admira los objetos considerados exclusivos, así como los lugares y experiencias que no son accesibles para las multitudes. El acceso al lujo como símbolo de abundancia, especialmente cuando se trata de lo material, actualmente marca la vida de millones de personas que constantemente anhelan nuevas cosas que provean esa sensación de estatus elevado.
Me pregunto, ¿hasta dónde hemos depuesto nuestros propios gustos y necesidades por asumir aquello que es tendencia o señal de estar actualizados?, ¿en qué momento pasamos de elegir un café, tomando como base si el lugar tiene espacios “instagrameables”? En el mundo de lo superficial, el que vive la vida cotidiana en dos momentos: una real y muchas veces simple, otra de apariencia virtual y exclusiva, atreverse a ser diferente puede ser verdaderamente disruptivo.
¿Quién lo iba a decir? Enfatizar sobre el valor de la vida presencial y lo intangible es ahora una forma de ir contracorriente. En cierto modo, una vida llena de lujos en la actualidad puede estar definida por algunos intangibles que pueden ser escasos, mucho más que los objetos y, además, no hay copias que los reemplacen. Veamos.
El primero de esos lujos intangibles es la paz, no solamente la individual, sino también colectiva. Vemos imágenes de la guerra que hoy nos parece tan lejana, pero cuyos efectos comenzarán a sentirse muy pronto alrededor del mundo, traducida en escasez y en preocupación constante. Si no nos conmueve lo que sufren millones de personas en situación de guerra, si no nos inquieta la escalada de violencia que se vive en el mundo entero, probablemente no hayamos comprendido el enorme valor de la paz.
El segundo lujo es disfrutar del silencio, especialmente cuando el mundo está lleno de ruido, no solo de conversaciones, sino de enormes cantidades de contenido en redes sociales digitales que no lleva hacia ninguna parte.Aprender a disfrutar de ese silencio que nos recuerda el valor de estar presentes y la importancia de mantener la mente en calma es algo mucho más valioso de lo que pensamos.
El tercer gran lujo es dedicar tiempo a conocerte. ¿Qué te apasiona, con qué sueñas, cómo te sientes? Son preguntas que hacemos a otros, pero a veces olvidamos aplicarlas en primera persona del singular. El cuarto lujo es no perderte a ti mismo por complacer a otras personas, solo para encajar. La flexibilidad y la adaptación son indispensables, sin duda, pero otra cosa es convertirte en alguien que no eres solamente para ser aceptado. Que esos lujos intangibles sean apreciados depende de cada uno, de buscar la congruencia y la autenticidad, de no perdernos en el parecer antes que en el ser.