“Un líder es aquel que conoce el camino, recorre el camino y muestra el camino”: John C. Maxwell.
Los cargos siempre otorgan la autoridad administrativa, pero el liderazgo se gana mediante el ejemplo, la integridad, la capacidad de desarrollar a otros, la visión y la capacidad de trabajar en equipo. Toda organización crece cuando invierte el tiempo en entrenar, enseñar, capacitar y reconocer el talento.
Muchas personas que ejercen la autoridad inspiran miedo, desmotivación, pérdida de confianza y disminución del compromiso; por el contrario, el resultado de un liderazgo genuino reconoce que su principal legado no solo es ver resultados inmediatos, sino poder evidenciar a las personas que ayudó a crecer.
Los estudios de neurociencia y psicología organizacional muestran que el liderazgo obtiene mejores resultados cuando emana seguridad, propósito y confianza; es ahí cuando la innovación y el compromiso surgen espontáneamente.
Mientras tanto, quienes no establecen un legado de liderazgo reducen la iniciativa y el aprendizaje de los que trabajan en el equipo.
Existen prácticas fundamentales para todo líder.
Si no ha sido instruido, debe estar dispuesto siempre a enseñar en lugar de solo corregir, a dar el ejemplo antes de exigir, a reconocer el esfuerzo de los demás y estar dispuesto a aceptar que se formarán personas que podrán superar incluso a su mentor.
Los cargos solo se recuerdan por el tiempo que duraron; a los líderes, por las personas que ayudaron a crecer. El éxito de una organización no se mide por el poder de sus ejecutivos, sino por la capacidad de sus líderes para formar a la próxima generación.
La realidad es que la base del liderazgo duradero no está en el carisma ni en el poder, sino en la capacidad de influir positivamente en las personas y ayudarlas a desarrollarse.
“Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente”. Mateo 20:26 (NTV). Jesucristo entrenó y capacitó a sus discípulos; esa inversión fue la que trajo la transformación.