Este lamento de «¡tengo hambre!» ha sido una exclamación endémica, especialmente entre los niños y los ancianos, sobre todo en las zonas rurales de los 298 municipios del territorio nacional. En este año 2026, Honduras continúa siendo el país más pobre de Centroamérica.
Sabemos que la población de Honduras es de 10, 3 millones de habitantes y que un 70 % pertenece a la clase pobre. De estas cifras, por lo menos un 40 % vive en la extrema miseria, y la mayoría son menores de edad.
En Honduras, la pobreza se concentra de forma severa en el área rural y en la región occidental. Los departamentos con mayores índices de pobreza y necesidades básicas insatisfechas son Lempira, Intibucá, La Paz y Gracias a Dios, donde gran parte de la población sobrevive en condiciones de pobreza extrema.
El salario mínimo está en un promedio de 12,000 lempiras mensuales y, comparado con el costo de 16,000 lempiras de la Canasta Básica Familiar, existe una diferencia de 4,000 lempiras. Lo lamentable es que, mientras el aumento al salario mínimo es lento, engorroso y anual, el crecimiento del precio de la CBF es diario y continuo.
Y, como siempre, los productores, comerciantes y vendedores se aprovechan para subir los precios de todo tipo de productos, aduciendo que se debe al aumento de los combustibles. Pero, cuando bajan esos precios, no reducen el costo de ninguno de esos productos.
Las amas de casa son las mejores testigos de esos abusivos y groseros aumentos. Cada día se paga más y la canasta viene cada vez más vacía.
¿Por qué no funciona una protección gubernamental al consumidor que sea efectiva y real? Y, como siempre, el que paga la cuenta es el pueblo, que hoy, más que nunca, atraviesa una mala racha en un país llamado Honduras.