Sobre las cosas sencillas

El respeto a la ley y la planificación vial marcan una de las principales diferencias entre Honduras y Estados Unidos

Las cosas son sencillas. Y tienen explicación. Casi todas. Las más difíciles son las relacionadas con la conducta humana, porque todos -o por lo menos la mayoría- siempre echan la culpa a los demás y siempre tienen la razón.

El lunes he estado en la Isla del Padre, a 8 kilómetros de mar tranquilo de la ciudad de Starbase. Entre el duro asiento de madera y el lugar desde donde arranca el SpaceX 14, con un fogonazo increíble y un estremecimiento que me dolió en el pecho. No me quedó tiempo, porque encima pasó, como un rayo, una mole de 52 metros de altura y 14 de diámetro que, en pocos minutos, alcanzando una altura de 270 kilómetros sobre la Tierra, depositó en el espacio 26 satélites de comunicación de alta gama.

Nunca había estado en un lanzamiento donde se prueba el talento humano, se evidencia la creatividad y el ingenio, en que siempre el hombre se rebela a estar amarrado a la Tierra por siempre jamás. Soy amigo, lo dije al principio, de buscar explicaciones. Me pregunto por qué, en el golfo de México, hay una sociedad pujante que hace posible este viaje a los cielos, probando un equipo con el cual la civilización humana volverá a la Luna y se preparará para el viaje a Marte. La razón simple es que esos astros están allí. Y para el hombre son una tentación.

En el camino de regreso me llama la atención la amplitud de la carretera. Cuatro vías de ida y cuatro de regreso. Y un derecho de vía que no encuentro en Honduras. Treinta metros de cada lado. En el ferrocarril de la Standard, el “límite de yarda” -así se llamaba- era algo similar.

Ya me había llamado la atención Guillermo López. “Al hondureño le gusta embrocarse sobre la carretera”. Para decir adiós a los que pasan. “O bolsear a los accidentados”, dijo Alfredo Gutiérrez. Todos ponen negocios allí. Los viejos comedores, las gasolineras, el vendedor de rosquillas, el vendedor de café, el que repara llantas. Todos creen que el cliente está de paso y que, entonces, el que está más cerca de la orilla de la carretera tiene ventaja. Aunque con ello viole la ley.

Por ello, en Honduras las calles se avergüenzan en el hilo central, con casas aglomeradas, ventas de todo lo imaginable y, cuando fallan los frenos de los camiones areneros, no hay espacio para la maniobra última; porque la muerte invita a siete personas que estaban allí. La carretera hacia Choluteca no se ha concluido porque el derecho de vía está ocupado por talleres de muebles, ventas de comestibles, restaurantes de bajo méritos, una garita e incluso un motel con un desvío frente a un indolente árbol de mango.

Hace algún tiempo fui a El Salvador. No recuerdo en qué diligencias. Marito Midence me dio un tour por el país. Tío, “esto es pequeño”. Basta un día. En efecto, me llevó al Poy, Chalatenango, y dimos vuelta. Y, al final, volvimos al lugar de partida. No vi en las carreteras del norte y el centro de El Salvador sino una mujer vendiendo frijoles en bolsa plástica sobre una mesa, que al regresar había guardado fuera del derecho de vía. Allá es diferente.

Hay que decirlo: todos creen que no tienen derecho de incumplir la ley. El fuerte por fuerte. El débil porque ha creído el cuento que sus derechos equivalen a sus deseos y orgullos.

La explicación es sencilla. En USA cumplen la ley.

Van a la Luna. Nosotros compartimos con Haití las miserias y las pandillas amenazantes bajo la luna. ¿Qué le parece?

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