“Piensa mal y acertarás”, reza una terrible sentencia que algunas personas asumen como principio de vida. Es decir, ante la duda, ante la falta de certeza, por ausencia de información o de pruebas, se opta por pensar lo peor, por imaginar que aquel sobre el cual pende la sospecha ha actuado con malicia o ha puesto en práctica la más oscura de sus intenciones.
Y eso es, no solo muchas veces injusto, sino un obstáculo imponente para las relaciones humanas y, en general, para la convivencia armónica en cualquier ámbito de la coexistencia entre personas. La llamada “cultura de la sospecha” envenena el cuerpo social, lo intoxica e imposibilita la paz familiar, el sano clima laboral y las relaciones sinceras de amistad.
En el mundo de los estudios, por lo menos de la escuela secundaria en adelante, desde que aparecieron los buscadores y nació Wikipedia, los profesores comenzaron a desconfiar de la honestidad de los estudiantes en relación con los trabajos de investigación que les encomendaban. En muchos casos, el famoso “copy and paste” se volvió habitual y la duda sobre el aprendizaje real que los estudiantes estaban obteniendo, razón original de las tareas, se impuso. De ahí que luego surgieran los sistemas antiplagio que detectaban la copia desmedida o el fraude descarado.
Con el advenimiento de la inteligencia artificial, con la invención del Chatgpt y todo lo que ha venido después, en poquísimo tiempo, por cierto, la desconfianza creció, y no sin razón. La falta de honestidad de bastantes estudiantes generó una crisis mundial en las instituciones educativas, cuya superación continúa en proceso. Se han planteado nuevas formas de evaluación o se ha considerado volver a aquellas maneras ya superadas de comprobar el aprendizaje de los alumnos, como el examen oral o el trabajo en clase.
En estas cosas hay un trasfondo ético que es necesario considerar. Por un lado, los profesores deben confiar en sus estudiantes, y estos últimos deben ser dignos de confianza. No es correcto, ni justo, que haga falta andar acompañado siempre de una corte de notarios que den fe de nuestras acciones, y debe bastar nuestra palabra para que se tome como verdadero lo que decimos.
Pero, como en la adquisición y el ejercicio de todas las virtudes humanas, habrá que hacer un doble esfuerzo. El que dice algo deberá hacerlo con apego a la verdad, y el interlocutor deberá a aprender a creer en lo que el otro afirma.
Una prueba más de que sin conducta ética no puede haber conducta plenamente humana y que así la vida se torna más complicada y ardua de lo que debería ser.