Querida María Luisa

El fallecimiento de María Luisa y Jorge Alberto Ramos Rivera enluta a una reconocida familia hondureña marcada por el legado empresarial, educativo y cultural de ambos

Justo cinco meses después de la partida de mi hermano, tras un largo tiempo de padecimiento por una mortal enfermedad, Jorge Alberto Ramos Rivera, su esposa, mi cuñada, mejor dicho, mi hermana, también ha partido al habérsele diagnosticado otro devastador sufrimiento. La angustia y el dolor familiar son muy grandes y profundos. Sus hijos han perdido a sus dos padres en un corto lapso y la gran familia, los Ramos y los Martínez, no salimos del asombro y de la pena.

Jorge fue un emprendedor exitoso que llegó a montar y conducir con buen suceso sólidas empresas: Industria del Metal y la Construcción (Indumeno), sostenida en un enorme prestigio empresarial por su capacidad y la responsabilidad con que edificó grandes proyectos a nivel nacional, y el Almacén Ferretero Sociedad Anónima (ALFESA), constituida como una empresa surtidora de los materiales esenciales para el funcionamiento de Indumeco. En La Esperanza, ciudad en donde nació, reunió a varios esperanzanos intibucanos para formar una empresa lotificadora que contribuyó a transformar la fisonomía de la ciudad.

María Luisa egresó de la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán y luego de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras con grados en Letras. Dedicó gran parte de su existencia al trabajo docente en el Instituto José Trinidad Reyes y posteriormente en la conducción del Liceo Bilingüe Centroamericano, institución educativa que ella fundó con sus amigas y que ha alcanzado un enorme prestigio en SPS. Su vocación por la literatura la llevó a escribir un gracioso cuento para niños: El ratoncito travieso, historia que se originó en un incidente ocurrido en casa de su hija Alessandra cuando un intruso roedor irrumpió en el hogar y dio origen a una persecución en la que participaron los niños hasta que dieron con él y, a pesar de habérsele capturado, logró escapar indemne. La obra fue ilustrada por el artista plástico Hendry Rivera con imágenes muy bien logradas acopladas a los textos breves del cuento. La publicación fue respaldada con el sello editorial de la Academia Hondureña de la Lengua (AHL).

El libro obtuvo importantes ventas entre los lectores, sobre todo entre los chicos entusiasmados, y recibió muy buena acogida en muchos centros escolares en la Ciudad de los Zorzales, a tal grado que la edición está prácticamente agotada. También fue presentada y discutida en varios centros culturales de San Pedro Sula, en donde se resaltaron las cualidades recreativas y educativas del libro para la formación de los niños.

La cordialidad caracterizó a María Luisa y por eso siempre recibía visitas de sus excompañeras en el Instituto San Vicente de Paúl con quienes integraba una especie de confraternidad que llamaban La Pericas. Estaban todas ellas presentes y apesaradas en los actos de exhumación. Igualmente fue parte esencial del círculo familiar que se formó en torno a la abuela Ernestina Rivera Girón, Mamá Tina, mi madre y la de mis hermanos Jorge Alberto y Silvia. Acudíamos todos, con nuestros hijos y algunos parientes durante la Semana Sana y en las fiestas de Navidad y Año Nuevo a La Esperanza en donde éramos acogidos en la casona. Ahí los niños no solo disfrutan de la amorosa acogida de la abuela sino también del agradable clima y de las frutas que se producían en el patio: duraznos, ciruelas, nectarinas, zarzamoras y peras.

Con frecuencia nos acompañaba nuestro tío Camilo Rivera Girón que convocaba a sus hermanos Carmen y Guillermo -nuestros tíos- y al Ingeniero Dagoberto Napoleón Sorto para organizar un conjunto de cuerdas que nos daba un agradable concierto en el que tío Camilo tocaba con su mandolina napolitana las melodías italianas que habían disfrutado en su juventud: O sole mio, Vuelve a Sorrento, Matinata, entre otras. Pero la melodía que no faltaba era el Vals a Lucila, su esposa y nuestra tía inolvidable, compuesto por tío Alfredo Rivera Guevara. Las mujeres eran las encargadas de preparar el ponche infernal que ayudaba en mucho a soportar el frío esperanzano mientras disfrutábamos del concierto. María Luisa estaba siempre en esas faenas domésticas. No faltábamos todos a las procesiones y a los almuerzos masivos de la familia que se preparaban en casa de la tía Quina Flores, de Tía Gloria de Rivera y en casa de Mamá Tina. Tomábamos chilate con torrejas y comíamos tamales ticucos. Cada sábado, en casa de María Luisa se reunía las familias Ramos y Martínez para saborear una deliciosa sopa de gallina india o de frijoles, oportunidad que permitía mantener cohesionada a la familia al amparo del calor maternal y familiar de la profesora y escritora. Jorge, por supuesto, aprobaba sin chistar, todas esas actividades de confraternidad inolvidables y las disfrutaba, indudablemente.

Partió nuestra querida María Luisa, nos deja un vacío irreparable.

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