“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”: Voltaire.
La libertad de expresión es un elemento fundamental en toda sociedad democrática para promover el debate y el intercambio de ideas, pero se debe tener límites cuando se hace apología de la guerra o del odio. Según la Declaración de los Derechos Humanos, está contemplada y aprobada en la ONU en 1948.
Este es un derecho de todos los ciudadanos, no solo de periodistas o profesionales de comunicación. No solo es un derecho, es también un deber que genera la confianza en la sociedad.
En nuestro contexto a nivel nacional, la libertad de expresión y la seguridad de los medios de comunicación enfrentan una situación muy crítica. No es desconocido el clima que, en el pasado y en el presente, ha mermado, pero sí es evidente el hostigamiento, la estigmatización, las amenazas y las presiones contra periodistas cuyo fin es limitar, intimidar o desacreditar la labor periodística.
Nuestro país, lamentablemente, se encuentra en la cima del mayor peligro de los países de América Latina, ya que se registran más de 100 comunicadores asesinados y una enorme impunidad en esos crímenes.
A ello se suma el debilitamiento económico de los medios y la limitación institucional o administrativa que limita el periodismo independiente.
“Habla a favor de los que no pueden hablar por sí mismos; garantiza justicia para todos los abatidos”. Proverbios 31:8 (NTV).
Los periodistas y comunicadores cumplen un rol profético cuando denuncian abusos, corrupción o injusticia social, especialmente a favor de los más vulnerables. Muchos profetas fueron perseguidos: Jeremías fue encarcelado y Amós fue expulsado.
Cuando se usan mecanismos legales, económicos o políticos para intimidar las voces críticas, esto contradice el corazón de Dios.
“Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría un momento en preferir lo segundo”. Thomas Jefferson.
La democracia va de la mano con la libertad de prensa.