Precarización del trabajo y mendicidad digital

La creciente aspiración de convertirse en influencer refleja una transformación profunda en la forma en que miles de hondureños buscan generar ingresos en medio de un mercado laboral precario.

  • Actualizado: 05 de febrero de 2026 a las 23:30 -

Se observa una reconfiguración social-económica aspiracional de las personas, pues es frecuente escuchar a niños, jóvenes e incluso adultos decir “quiero ser ‘influencer’ y ganar dinero en las redes”. Este es un fenómeno que se ha intensificado en la última década, en la que la evolución tecnológica ha dado paso a nuevos espacios llamados redes sociales, que se han convertido en el lugar oportuno para miles de personas que monetizan por el uso de estas.

En este sentido, impera la necesidad de ganar dinero a través de esta senda, a tal grado que esta actividad empieza a profesionalizarse. No se puede negar que mueve miles de millones de dólares y aunque parezca un chiste, hay universidades que ofertan licenciaturas y especializaciones exclusivas en este fenómeno.

En el caso de Honduras existen algunos centros educativos formales que incluyen en su oferta talleres y cursos para la creación de contenidos, diseñados para profesionalizar a los “influencers”, asimismo, la educación no formal como “academias” apuestan en esta misma línea formativa. Para muchos es un pasatiempo, pero hay una gran mayoría que lo considera un empleo.

Bajo esta perspectiva el concepto tradicional del trabajo sufre modificaciones, ya que no se centra en la producción de bienes o servicios, sino en la capacidad de captar la atención de los demás en detrimento de lo productivo.

Dicha metamorfosis aparentemente es novedosa, pero hay teorías desde la década de los setenta que abordaron el tema y pronosticaron lo que ocurriría con la revolución tecnológica, principalmente, con la generación de la información. El padre intelectual de la llamada “economía de la atención”, Herbert Simon, argumentó que la atención humana es un recurso limitado cuando sobreabunda la información, el verdadero valor deja de ser la información en sí misma y pasa a ser la capacidad de capturar el tiempo y la atención de las personas, este concepto sentó las bases para que otros autores continúen analizando el fenómeno.

Lo grave en dicha evolución es la delgada línea que separa generar contenido útil y constructivo a la sociedad a crear sandeces mediante actos ridículos, incluso, de mendicidad, dejando de lado la dignidad humana y priorizando la generación de ingresos como fin último.

Dicha precariedad se manifiesta en una mendicidad digital, donde el “influencer” apela a la audiencia para que le financien artículos, convirtiendo el consumo que anhela en un espectáculo de carencia, mercantilizando la solidaridad y la moneda de cambio no es más que el ridículo.

Ante tal escenario no se puede ocultar la realidad que viven muchos de estos hondureños, en un país donde la precariedad del mercado laboral es compleja, datos recientes del INE indican que más de 2 millones de personas enfrentan problemas de empleo y más 211 mil se encuentran desocupados.

Aunado, que es un país con una estructura económica que recae en al menos el 74.8 por ciento de informalidad, por lo tanto, en este contexto las oportunidades que brindan las redes sociales se convierten en estrategia de supervivencia, donde “hacer el ridículo” y/o “mendigar explícitamente” tiene un retorno de inversión mucho más rápido que un empleo de salario mínimo.

Esta situación debe ser vigilada por las autoridades gubernamentales del país, la economía de la atención se ha convertido en un seductor para miles de hondureños que anhelan ser como otros “influencers” que comparten abiertamente sus niveles de monetización, incidiendo en patrones de imitación que desplaza la identidad local y adoptan un lenguaje inapropiado, cargado de palabras soeces, como mecanismo de pertenencia.

Por otra parte, en un país donde la estructura productiva es de bajo valor agregado, sostenido en gran medida por las remesas, el mercado laboral presenta grandes limitantes pues no logra absorber el talento de los jóvenes ni ofrecer salarios dignos, ocasionando una desarticulación peligrosa e incitando a los jóvenes a emigrar a las plataformas digitales en búsqueda de obtener esa viralidad deseada y agenciar ingresos para subsistencia, incluso unos soñando que algún día serán millonarios.

La crítica no se centra exclusivamente en el actuar de este grupo poblacional, sino en las consecuencias que genera la falta de empleos dignos y realmente productivos.

La ilusión por la monetización rápida muchas veces a través del ridículo y la mendicidad no solo evidencia necesidades individuales, sino que exterioriza un problema estructural de país.

Es imperativo acoger este fenómeno a la agenda del nuevo gobierno, pues es un problema que crece exponencialmente y ha sido invisibilizado, al contrario, al surgir procesos formativos profesionalizantes pareciera un acto de aceptación de este y que ha empezado a normalizarse en nuestra sociedad.

El desafío es fomentar una estructura económica diversificada que convierta este talento en valor agregado productivo, generando oportunidades para los jóvenes principalmente donde su desempeño no implique la pérdida de la dignidad como ser humano.

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