Para terminar septiembre

Concluidas las fiestas patrias, el amor por Honduras no debería limitarse a septiembre, sino convertirse en una práctica durante todo el año

Parece que recién ayer izábamos la bandera, renovábamos el juramento de fidelidad a Honduras y dábamos por inauguradas las fiestas patrias. Y se terminó septiembre. De mañana en adelante comenzamos una especie de Navidad adelantada; los símbolos y los héroes desaparecen de los altares hasta la próxima conmemoración de la Independencia, y el fervor patrio parece disminuir.

Sin embargo, y lo he señalado recientemente, no podemos ni debemos “arrinconar” el amor por Honduras a treinta días calendario, y es necesario que pongamos los medios para que se prolongue el resto del año.

Hay, por lo menos, tres virtudes que los hondureños debemos cultivar todo el tiempo, pensando en nuestro país.

La primera es la laboriosidad. Ninguna nación sale adelante sin el trabajo diligente de sus hijos. Y me gusta usar la palabra diligente porque procede del latín “diligere”, que significa amar. Una actividad laboral diligente se lleva a cabo con pasión; busca la perfección de lo que hace; implica comprometer todas las potencias en aquello en lo que nos ocupamos; evita la chambonada; no cede a la pereza ni a la mediocridad. Y Honduras no merece menos.

La segunda es el respeto. Aquí nadie está de más, ni sobra. Vivimos en estos más de ciento doce mil kilómetros cuadrados mujeres y hombres que tenemos diversos conceptos de la vida, que pensamos y sentimos distinto. Y eso no hace que haya personas que sean más o menos hondureñas que otras. Por lo anterior, en el discurso público, y en el privado, no caben las descalificaciones, el fomento del odio, el desprecio por los demás. Al final, lo que todos buscamos es equidad, una vida digna, unas condiciones que permitan que nuestros hijos y nietos puedan desarrollarse plenamente. La polarización, los insultos, los ataques, la mayor parte de las veces poco racionales y más viscerales deben evitarse. Sin respeto no hay convivencia civilizada, y sin ella no hay progreso posible.

La tercera: gratitud. Honduras es un país hermoso y hay que estar agradecidos de haber nacido en él. Por donde uno vaya se sorprende de la bondad de su gente, de la belleza de sus paisajes, de la delicia de su gastronomía, de la libertad que disfrutamos. Y la gratitud es un hábito ético que no solo consiste en saber decir gracias, sino también en corresponder a la generosidad con la que hemos sido premiados. Ante lo que esta tierra nos da, como muestra de gratitud debemos corresponder y devolverle nuestro cariño por medio de una conducta ciudadana ejemplar.

¡Qué viva Honduras y que vivamos los hondureños!

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