Otra versión de “la caída”

Un relato que mezcla anécdotas políticas, análisis electoral y reflexiones personales sobre liderazgo, percepción y realidad en la política hondureña

Una vez, Rafael Leonardo Callejas me contó que cuando Zúniga se enfrentó a Suazo Córdova, disputando la Presidencia de la República, algunos lo convencieron de que contratara a un asesor internacional. Lo recibió en su oficina. Le preguntó cómo iba su campaña. Muy bien. Tenemos el triunfo asegurado. ¿Y cómo lo sabe? Hemos hecho encuestas. Tiene alguna. Abrió la gaveta de su escritorio y entregó un grueso volumen. El asesor, teniéndolo en la mano, preguntó: ¿quién ha hecho estas encuestas? Mis amigos, de todo el país. Entonces, el asesor depositó en el cesto de la basura la encuesta que Zúniga le había entregado minutos antes. Ante su sorpresa, el asesor le dijo: ninguno de sus correligionarios le dirá la verdad. Todos repetirán: ¡vamos ganando!

Leo “La caída” -que me recuerda a Camus- de mi entrañable amigo Julio Escoto. Me impresiona la introducción: “Jamás creíamos que derrotaran a Rixi Moncada”. Escoto nunca me lo preguntó. Yo le habría dicho que perderían las elecciones. Lo que no estaba seguro es si sería por un margen estrecho o estrepitosamente.

Siempre me he mantenido activo y viajo a diferentes lugares del país. Por mis actividades tengo entre mis contactos telefónicos amigos de todo el país. Por manera que tenía señales que el PLR perdería las elecciones. La duda era la posibilidad de que el PLR montara un evento electoral irregular, manipulado tecnológicamente desde fuera. Fuera de esto, tenía algunos “nichos” para constatar los hechos: Tocoa, Talanga, Juticalpa, Olanchito, Choluteca, Comayagua y La Ceiba. En Tocoa, el deterioro de Adán Fúnez era visible. En Talanga caminé por las calles y fui a comer a un restaurante popular. Cuatro personas se acercaron a la mesa para darme una opinión sobre Rixi Moncada. Hablé con el alcalde y le pregunté cómo se distribuían los regidores: cuatro PL, cuatro PN y uno el PLR.

Fui a conocer la casa de los Moncada - que estaba en obras - y una persona que me conoce me explicó que cuando Mel visitaba a Rixi “cerraban la calle”, y que eso les disgustaba. Al final vi los afiches de campaña. El candidato a alcalde era una señora y el vicealcalde un hijo de Mario Moncada. Mala señal: falta de cuadros.

Al regresar publiqué un artículo en donde predije que perdería las elecciones. Uno de mis lectores -amigo de años, con experiencia y mucho talento, pero que apoyaba a Rixi- me escribió: “Te estás volviendo sectario”. No le contesté; pero conociéndolo, su reacción confirmaba que había dado en el clavo. Que mis juicios eran cercanos a la verdad.

Julio Escoto no es político. Yo lo soy, y muy hiperactivo. Él tranquilo y reflexivo. Soy más historiador y periodista que Julio. Ramón Oquelí conoció estas diferencias y reaccionó una vez dije que esperaba escribir una novela. Y Ramón, el maestro entrañable, dijo casi al grito: “Deje de pensar en eso”. Déjeselo a Escoto. Él sabe escribir novelas. Usted dedíquese a hacer análisis políticos. Nunca dudé que tenía razón.

Julio es el más grande novelista de Honduras y de Centroamérica. Es nuestro orgullo. Pero no es político, ni teólogo. Su juicio sobre el discurso de Rixi es acertado teóricamente, pero políticamente equivocado. Un discurso es bueno cuando pega, cuando el oyente lo hace suyo y lo transforma en acción. No hay que desvalorizar al pueblo. El discurso tenía dos errores: no respondía a las necesidades del elector y solo le daba gusto a la candidata. Ofrecer lejanías, anunciar peleas y sacrificios no sonó bien. El pueblo tiene muchos defectos; pero tonto no es. Y vio a Rixi muy distante. Y a Mel, muy peligroso”.

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