“Pienso, luego existo”. René Descartes.
En este mes de julio se celebra el Día Mundial del Cerebro. Gracias a él aprendemos, recordamos, sentimos y decidimos.
Es la ciencia que enseña que cuidarlo mejora la calidad de vida, ya que una mente renovada es una vida transformada; una mente renovada con un corazón puro y una fe firme nos da la evidencia perfecta para vivir en sabiduría.
El cerebro tiene la capacidad de reescribir los recuerdos. El cerebro los reconstruye.
El cerebro consume mucha energía para su tamaño, ya que representa solo el 2 % del peso corporal; utiliza el 20 % de la energía que consume el cuerpo en reposo.
Algo muy curioso es que el cerebro no tiene receptores de dolor.
El saber que al dormir literalmente su cerebro se limpia, ya que se activa el sistema glinfático que elimina productos, incluidas proteínas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas. Dormir bien es una forma de mantenimiento cerebral.
La velocidad de las señales nerviosas: unas viajan a menos de un metro por segundo, pero hay otras que alcanzan más de 100 metros por segundo; eso equivale a 360 km/h.
A un anciano que estaba por jubilarse, su jefe le pidió construir una casa. Fue un trabajo que aceptó con desgano y utilizó materiales de inferior calidad y terminó la obra rápidamente; el jefe tomó las llaves y le dijo: «Esta casa es para ti, es mi regalo por tantos años de servicio».
El carpintero quedó avergonzado. Si él hubiera sabido que esa casa era suya, la habría construido con mayor cuidado.
Nuestro cerebro se parece a esa casa; cada pensamiento, lectura, decisión y hábito son materiales con los que edificamos nuestra vida futura. Lo que usted ha sembrado, eso es lo que usted es ahora.
“Todo lo verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, en esto pensad”. Filipenses 4:8 (RVR60).