Hay una viñeta del genial Quino, el autor de Mafalda, en la que aparece un tipo sonriente en medio de un montón de gente con cara larga, y al que se aproxima una especie de policía que, ante aquella “sonrisa sospechosa”, se le presenta como el que controla la “normalidad”, como si lo normal fuera tener siempre el ceño fruncido o la “cara de aguacero”.
Y es que cuando observamos, rápida o detenidamente, cómo andan las cosas a nuestro alrededor, en el país, en la región, y más allá, hay motivos reales para fruncir el ceño o para andar con “cara de aguacero”, para otear el horizonte con pesimismo y hasta para perder toda esperanza, como decía Dante que estaba inscrito en las puertas de infierno: “Abandonen toda esperanza los que por aquí entran”.
Hay problemas en todas partes, muchos problemas, y nos afectan directamente, no importa a qué nos dediquemos ni dónde vivamos.
Sin embargo, también hay un montón de situaciones que vale la pena considerar, una retahíla de cosas buenas que podemos tomar en cuenta cuando el pesimismo quiere abordarnos y tomar posesión de nosotros.
Por ejemplo, todos tenemos amigos; personas en las que podemos confiar, con las que podemos compartir alegría y tristezas, con las que podemos tomar, preferiblemente de forma lenta, un buen café o una copita de vino.
Todos tenemos una familia que ocupa un amplio espacio en nuestro corazón y que, aunque no deja de ser una fuente inagotable de preocupaciones, también lo es de grandes alegrías y satisfacciones.
Respecto a Honduras, el país en el que nos tocó nacer y en el que queremos vivir, envejecer y ser enterrados, estamos claros de que no es un paraíso.
Hay tantas cosas por mejorar que puede dar ganas de salir huyendo o de arrasarlo para recomenzar de cero, pero, por otro lado, además del paisaje, de las comidas y de la gente, hay motivos para tener esperanza.
A mí, por lo menos, me da gusto vivir en un lugar en el que cada uno viste como quiere, sin que se le obligue a seguir una moda oficial o un estándar definido desde el Estado.
Por mi trabajo en la universidad, veo todos los días a gente joven que se siente libre de andar como les apetece, y eso me da gusto.
También me encanta vivir en un país en el que cada quien profesa la fe que le apetece; en el que nadie sufre persecución por sus ideas religiosas.
Parece solo un par de detalles, que no faltará quien considere intrascendentes, pero que, a mi juicio, son razones para agradecer y para estar contentos.