Tras la asunción presidencial para el período 2026-2030, el martes pasado, resonó en todo el país una frase que encendió una llama de esperanza: “Honduras, no te voy a fallar”. Es una expresión sincera de intención, un grito de ánimo en medio de tiempos complejos. Pero si queremos que este deseo se convierta en destino, debemos llevarlo más allá de un “yo” y transformarlo en un “nosotros”. Porque una patria se hace con manos unidas, con corazones abiertos y con ciudadanos que se levantan cada día decididos a no fallarle a su tierra.
Puede ser tentador pensar que la responsabilidad última de nuestro destino está solo en manos del gobierno. Claro está, las autoridades tienen un deber enorme: gobernar con justicia, liderar con integridad y servir con humildad. El servidor público, desde el presidente hasta el funcionario municipal, no representa intereses personales: representa el bien común. Y cuando ese bien común es traicionado, todos experimentamos la herida. Pero no podemos delegar nuestro papel como ciudadanos. Honduras no será una patria libre de injusticias si nosotros mismos toleramos prácticas éticamente cuestionables.
No habrá progreso sostenible si normalizamos la corrupción, justificamos el abuso o escondemos bajo la alfombra nuestra falta de compromiso con la verdad. No habrá una Honduras digna si cada uno de nosotros no decide, día tras día, construirla desde adentro, con responsabilidad, honestidad y amor por el prójimo. Nuestra fe nos ofrece una brújula espiritual para este camino.
Jesús nos enseñó que el que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho (Lc 16,10). La transformación social empieza en el corazón y en los gestos simples: el respeto, la responsabilidad, la solidaridad y la verdad no son virtudes abstractas; son decisiones cotidianas que forjan el carácter de una nación. Es aquí donde cobra fuerza la enseñanza del papa León XIV, quien ha insistido en que “Cristo es nuestro Salvador, y en Él somos una sola familia”, invitando a todos a construir unidad, paz y justicia en medio de un mundo fragmentado.
Esta llamada del Santo Padre no es solo religiosa: es cívica y humana. Nos recuerda que una sociedad justa se basa en la dignidad de cada persona, en la fraternidad entre los ciudadanos y en la disposición de cada uno a hacer su parte para el bien común. No es suficiente exigir mejores políticas; debemos vivir mejores valores.
Entonces, cuando decimos “Honduras, no te vamos a fallar”, que no sea solo una frase bonita en un titular, sino un compromiso profundo. Que sea el eco de nuestras acciones diarias: en la escuela, en el trabajo, en la familia, en la comunidad. Que sea el ideal que motive al joven a resistir la corrupción fácil, que impulse al ciudadano a respetar la ley, y que inspire al vecino a tender la mano al necesitado.
Por eso no se trata solo de esperar un mejor gobierno. Se trata de ser mejores personas. Honduras no será lo que el gobierno haga por nosotros, sino lo que nosotros, como pueblo, hagamos por Honduras. Que esta etapa que inicia no sea solo un cambio de presidencia sino un despertar ciudadano. Que cada hondureño, desde su lugar, pueda decir con verdad y sin cinismo: Honduras, estamos contigo. No te vamos a fallar.