Métricas y soberbia académica

Más allá de las cifras económicas, el debate técnico también expone dinámicas de poder, validación y desigualdad de género en los espacios académicos y de opinión pública

  • Actualizado: 03 de julio de 2026 a las 00:00 -

En el ámbito académico y profesional existe una delgada línea entre el rigor científico y la soberbia académica.

Hace unos días, en una entrevista sobre una de las tantas coyunturas económicas y financieras del país, señalé elementos sobre las limitantes relacionadas con el crédito, dado que, pese al crecimiento interanual, este se ha desacelerado.

Ante la consulta, enfatizó varios factores que en alguna medida están incidiendo en el comportamiento de este, entre ellos: tasas de interés, aumento del Índice de Precios al Consumidor (IPC) y la persistencia de la inflación, enfocado en la reducción progresiva del ingreso y la capacidad adquisitiva como restricción en el acceso a recursos financieros.

Dichas “apreciaciones” son de lógica causal y que un ciudadano con sentido común puede inferir, pues estamos hablando sencillamente de que, a mayor inflación y tasas de interés relativamente altas, menor demanda de créditos.

Sin embargo, inmediatamente fui cuestionada por dichas valoraciones, emanando la pregunta capciosa: ¿existe alguna investigación suya para afirmar eso?

Prácticamente se exigió un escrito propio para validar una regularidad empírica universal, lo cual interpreté como miopía, mala fe o sencillamente refutar una voz femenina visible en espacios públicos, la cual debe someterse a la validación de pares masculinos dueños de su verdad absoluta.

Para disipar las dudas ante la crítica técnica y validar lo que el sentido común indica, se realizó el análisis de datos en R Studio, pues al contrastar las cifras oficiales con la realidad, el resultado es irrebatible, aunque en junio 2025 y abril del 2026 el crédito total mostró un crecimiento nominal del 5.82%; al restarle la inflación mediante el IPC, el crecimiento real es del 1%.

La brecha del 4.82% evidencia que la inflación absorbió casi la totalidad del financiamiento.

Por lo tanto, las valoraciones en el aire se respaldan por datos duros de las fuentes oficiales; sin embargo, el problema de fondo no es de métricas, es de carácter estructural y de género.

La intencionalidad de la presente columna va más allá de hablar del crédito y otros indicadores macroeconómicos; es evidenciar la incomodidad en un entorno donde los espacios de opinión y consulta mediática han sido históricamente de porte masculino, pues el hecho de que una mujer sea consultada periódicamente genera fricciones.

En este contexto, este cuestionamiento técnico se convierte en herramienta sutil de exclusión y deslegitimación.

Cabe mencionar que esta dinámica no es nueva; es una manifestación de la violencia de género y soberbia académica que ha predominado en las entidades de educación superior.

Este pequeño incidente me ha hecho reflexionar sobre los liderazgos femeninos subordinados, en esas relaciones de poder donde, pese a ostentar puestos estratégicos, la toma de decisiones depende de figuras masculinas, quienes al final tienen la última palabra.

Detrás de esta especie de soberbia académica se esconde el temor a la pérdida de protagonismo público, pues cuando se intenta descalificar a una colega exigiendo pruebas ante verdades evidentes, el mensaje no va dirigido exclusivamente a ella, sino al resto de mujeres que poseen pensamiento crítico.

De esta forma se busca debilitarlas para que duden de sus propias capacidades.

La economía y las finanzas deben servir para transformar realidades, no para demostrar quién posee el monopolio de la consulta mediática. Deslegitimar la voz técnica femenina es también ignorar el bolsillo de la ciudadanía, que no necesita de un escrito indexado para saber que su dinero ya no le ajusta.

Las métricas macroeconómicas del país están dadas y son frías e irrebatibles, desconectadas de la realidad de la mayoría de los hondureños.

Por lo tanto, ahora toca debatir con la misma rigurosidad las métricas de la equidad, democratizar el conocimiento y sacudir de una vez por todas la soberbia patriarcal que aún predomina en los pasillos de nuestras universidades.

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