Margarita Leoz es una destacada escritora española, nacida en Pamplona, la ciudad de los encierros de San Fermín, con un ascenso meteórico en su popularidad entre los lectores ibéricos y de América Latina.
La lista de sus libros incluye poesía, cuentos y novelas, así como artículos de crítica literaria publicados en importantes revistas como Cuadernos Hispanoamericanos. Por la calidad de su trabajo, Margarita ganó el Certamen Encuentro de Jóvenes Artistas de Navarra (2007) con su poemario El telar de Penélope. En poesía también ha publicado Caer (2024) y en narrativa los libros de cuentos Segunda Residencia (2011) y Flores de Estación (2019); las novelas Punta Albatros (2022) y Lo que permanece (2025).
Frances Simán publicó una recopilación de trabajos en Tegucigalpa en la que se incluye la ponencia de Margarita leída con motivo de su ingreso como académica correspondiente en España, en la Academia Hondureña de la Lengua. Este acto confirma una ligazón de la autora española con los intelectuales hondureños desde hace algunos años, fortalecida con sus numerosas visitas a Honduras.
En su ponencia analiza con ojo certero la poesía de José Antonio Funes, Rolando Kattan e Iveth Vega.
He leído de un tirón sus dos novelas publicadas en la colección Biblioteca Breve de Seix Barral y escritas con gran maestría.
La primera: Punta Albatros es un relato sorprendente por el tema y la habilidad con que sigue el hilo del argumento. Un médico que se desempeña en un hospital citadino con sólidas relaciones con sus compañeros de trabajo, su esposa y su amante decide abandonarlo todo, huir de su ciudad para expiar la infidelidad de su esposa y trasladarse a Punta Albatros, donde se instala en un viejo faro, un lugar incógnito en el exilio emocional desde donde atiende a los ingresados en una casa de retiro y a los pocos habitantes del lugar.
Allí establece una auténtica fraternidad con los pacientes y con otros personajes lugareños.
La segunda: Lo que permanece, un relato que arranca en la fecha de los Sanfermines. Su padre muere repentinamente y Margarita narra todo lo que viene luego del tránsito y lo que quedó atrás a lo largo de su vida ligada a la figura paternal, desde la infancia, pasando por la adolescencia hasta la vida profesional.
Los afanes del velatorio y la cremación, los recuerdos imborrables e indelebles, la atadura con su padre, el afán de aprender a tocar el chelo como una manera de identificarse con la afición del padre por la ópera, las más famosas arias y los discos de surco, afición originada en la juvenil participación en el orfeón de su pueblo.
La postura firme del padre frente a la niña que cambia durante la adolescencia y que en la vida profesional de su hija se torna primaveral y llena de ternura renacida, volcada casi por completo en los nietos. Todo lo que permanece.
Ambas obras tienen un sello personal en el uso de un lenguaje coloquial, simplemente llano, no por eso sin inspiración, lleno de imágenes y construcciones que embellecen el relato.
Los textos se componen de frases u oraciones breves, tajantes, con un lenguaje claro y justo que no da lugar a interpretaciones extraviadas, a tal grado que me la imagino en la computadora cincelando sus giros hasta lograr una tersura que arrebata durante la lectura.
Natalia Cerezo la compara con una artesana a quien veo capaz de elaborar finuras excepcionales, filigranas de poesía y sencillez.
Margarita ha construido un mundo muy suyo, muy humanizado, llevado a las cuartillas con una excepcionalidad en la atadura construida entre el relato y la precisión del uso del lenguaje: las palabras en su justo lugar, los encadenamientos gramaticales y la maravilla reverberante durante la lectura con una mezcla coherente y sólida sustentada en la realidad y en la magia de la vida y sus cotidianidades convertidas en asunto esencial y trascendente.
Ernesto Ayala ve en Margarita madurez temprana; Laura Barrachina, una mezcla de magia y cotidianeidad; José Ovejero, un mundo literario construido con autonomía; y Sergio del Molino, a una gran escritora que lo tiene todo.
Las dos novelas de Margarita, Punta Albatros y Lo que permanece, constituyen, sin lugar a ninguna duda, la consagración de una escritora con un estilo personalísimo, con un lenguaje preciso, sin innecesarios extravíos, personajes profesionalmente caracterizados, con argumentos sencillos, con una fuerza de atracción de la que es difícil abstraerse durante la lectura.
Concluyo resaltando el cariño que Margarita ha cultivado, con la misma devoción con que escribe, a esta tierra “de fusil y caza”, como la definió Pompeyo del Valle. En reciprocidad, Margarita debe saber que Honduras, igual, la quiere como se merece ella sola.