Madurez

La madurez no siempre llega con los años. Más allá de la edad, implica aprender a convivir, controlar emociones y ser ejemplo para quienes vienen detrás

  • Actualizado: 17 de junio de 2026 a las 00:00 -

Así como los frutos, que luego de nacer van adquiriendo unas características que los vuelven comestibles, las personas, con el paso de los años, debemos desarrollar unas cualidades que nos vuelven más digeribles y “convivibles”.

Claro está que, curiosamente, no en todos los individuos la edad camina aparejada con el logro de la madurez, y que este hecho se convierte en un notable obstáculo para relacionarse con ellos en la familia, en el trabajo y en la vida social.

Decía la semana pasada que una persona madura sabe valorar adecuadamente a las personas y los acontecimientos.

Eso significa que es capaz de tolerar los defectos ajenos, que no se escandaliza ante las conductas poco edificantes de los demás, que evita juzgar sin la información suficiente y no se deja llevar por las apariencias.

Un hombre o una mujer maduros, además, poseen bastante control de sus emociones, por lo que evitan “montar escenas” y tener salidas de tono.

La madurez, insisto, contrae serenidad, paciencia, respeto, capacidad de aguante y paz interior.

Por lo mismo, alcanzarla debe ser una meta que perseguir para todos.

Un padre o una madre de familia, por ejemplo, debe procurar que, en su proceder cotidiano, se note la superioridad de carácter respecto a sus hijos, sobre todo si estos están atravesando la adolescencia.

Es natural que un muchacho que pasa por esta etapa padezca frecuentes estridencias, pero no es correcto que los adultos reaccionen igual.

Un adolescente tiene derecho, por decirlo de alguna manera, de actuar como tal, pero los padres deben responder con la madurez propia de su edad.

En el mundo del trabajo, igual.

Uno suele tener compañeros de todas las edades y, además de las peculiares características de cada una de sus personalidades, manifestar la poca o mucha experiencia de vida con su conducta cotidiana.

Pero, por supuesto, los que les llevan la delantera en el camino de la vida deben mostrar mayor sensatez e, incluso, iluminar la senda de los que están todavía en proceso de maduración.

Y con los amigos también.

Una amistad entre personas de distintas edades es posible.

Pero no resulta natural, ni normal, que un señor de cuarenta, cincuenta o más actúe como si tuviera veinte.

Lo raro es raro, dice un conocido mío.

Y los mayorcitos debemos recordar siempre el deber de ejemplaridad que tenemos para con los más jóvenes.

Lo otro, el cincuentón comportándose como veinteañero, puede ser, incluso, escandaloso.

Procuremos pues, todos los que estamos algo mayorcitos, yo ya voy hacia los sesenta y cuatro, ser modelos imitables y dar muestras de madurez cada vez que sea necesario.

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