A lo largo de los años vamos acumulando experiencias y conocimientos que nos ayudan a enfrentar nuevos retos y oportunidades para crecer, en todos los ámbitos de la vida.

Es indudable que las personas con las que tenemos contacto a diario van nutriendo nuestra forma de pensar y actuar. Por muy difíciles que nos parezcan esas experiencias o lecciones, nos preparan para el camino. De alguna manera nos moldean y al mismo tiempo, nos enriquecen.

Una de las principales fuentes de aprendizaje la obtenemos de quienes han sido nuestros jefes, que en algunos casos son verdaderos líderes. Ya sea para demostrarnos la forma adecuada o inadecuada de ser y actuar, siempre aquellos con los que nos relacionamos hacen más interesante la vida.

Especialmente en momentos de incertidumbre, de desconfianza hacia el entorno en el que nos movemos, es importante reflexionar sobre esas grandes lecciones, tomar lo mejor de ellas y ver hacia el futuro con esperanza, sin dejar de buscar cuál será nuestra propia huella en los demás.

En los años de trabajo, he tenido la posibilidad de acumular algunas de esas lecciones que luego he hecho propias. Deseo compartir algunas de ellas, con la intención de que sirvan a otros tal y como lo han sido para mí. La primera lección: Preste atención a los detalles. Aquellas pequeñas cosas que suelen pasarse por alto, pueden tener un gran efecto en la totalidad del trabajo realizado. En otras palabras, no solamente importa el resultado general, sino el paso a paso que nos llevó a él.

El enfoque en los detalles permite desarrollar un sentido crítico, no con la intención permanente de juzgar, sino de mejorar. Esta lección suele tener un complemento: Ponga todo su empeño en hacer las cosas lo mejor que pueda, desde el principio. Esperar a que otro identifique lo que hace falta o corrija aquello que no está bien, únicamente nos hace perder el recurso más valioso que tenemos: el tiempo.

Segunda lección: A veces bien, a veces mejor. Solía escuchar esta frase como respuesta a mi saludo diario, luego de un “¿cómo está?”. No se trata de una frase vacía, sino de una respuesta que me reiteraba que no había lugar para estar mal, porque el don de la vida, a pesar de las dificultades que enfrentamos, ya es suficiente para estar bien.

Comprendí la frase cuando más adelante leí: “atraes aquello en lo que te enfocas” y “las palabras dan forma a la realidad”. En la vida siempre habrá dificultades que enfrentar, pero la actitud puede hacer la diferencia en nuestro propio bienestar y en el de quienes nos rodean.

Tercera lección: Busque incansablemente simplificar lo complejo. Ser concretos al comunicarnos, dar respuestas que sean comprensibles, construir ideas completas con pocas palabras, es un ejercicio que debemos desarrollar de forma cotidiana. A veces las respuestas las encontramos buscando esa simplicidad.

Esta lección también tiene un complemento: no tenga temor de preguntar lo que no sabe o no comprende, siempre habrá algo nuevo que aprender, reconocerlo requiere humildad.

Cuarta lección: No se rinda. Una frase poderosa, que nos hace pensar que es válido sentirse cansado o agobiado, pero entre eso y rendirse hay una gran diferencia. Esa actitud de fortaleza ayuda a sobreponerse ante la adversidad. No darse por vencido, aprender a descansar pero no a renunciar, es vital para desarrollar la resiliencia que ha cobrado cada vez mayor importancia en el contexto actual.

Sin duda hay muchísimas lecciones más aprendidas y desarrolladas a lo largo de la vida. He podido crear las propias que habrá que compartir luego. De manera especial, he aprendido a ser agradecida por ellas y por quienes me dejaron ese aprendizaje. ¿Cuáles son sus lecciones? Quizás es momento de hacer acopio de ellas, para aprender y sobre todo, para seguir creciendo.