La costumbre

El debate sobre la seguridad en Honduras vuelve a encenderse tras el anuncio de cambios institucionales, en medio de cuestionamientos sobre la efectividad de las estrategias del Estado frente a la violencia

  • Actualizado: 02 de junio de 2026 a las 00:00 -

Honduras vuelve a responder a una crisis como ha respondido tantas veces antes: eliminando una institución y creando otra. Esta vez le tocó a la Dipampco. Tras una nueva ola de violencia y el asesinato de agentes policiales, el gobierno anunció su desaparición para dar paso a una nueva estructura.

La pregunta es inevitable: ¿realmente estamos ante una transformación de fondo o simplemente frente a otro cambio de nombre?

Porque el problema de Honduras nunca ha sido la falta de instituciones. Hemos creado unidades especiales, comisiones especiales, fuerzas especiales y estrategias especiales y, sin embargo, tarde o temprano aparecen las denuncias, los escándalos, la corrupción, la infiltración criminal o simplemente la falta de resultados.

Entonces la solución vuelve a ser la misma: cerrar una oficina, abrir otra y pedirle paciencia al ciudadano.

Los delincuentes no desaparecen porque una oficina cambie de rótulo. Las redes criminales no se desmantelan porque se imprima un nuevo logotipo. La corrupción tampoco se combate sustituyendo siglas.

Lo preocupante es que nuestras políticas de seguridad parecen diseñadas para reaccionar a las crisis y no para prevenirlas. Cada tragedia produce una nueva respuesta institucional. Cada fracaso da origen a una nueva estructura. Cada escándalo trae consigo una nueva promesa.

Pero cuando una estrategia cambia cada vez que ocurre una tragedia, deja de ser una estrategia. Se convierte en improvisación y, mientras tanto, usted cierra más temprano su negocio por miedo. Cambia rutas para evitar riesgos. Revisa una y otra vez si sus hijos llegaron bien.

El teléfono deja de ser comodidad y se vuelve vigilancia constante. Cada demora es sospecha, cada silencio es inquietud.

La Dipampco no es el problema. Tampoco su reemplazo. El problema es un Estado que reacciona tarde, cambia nombres rápido y no resuelve nada. Y mientras eso no cambie, nada va a cambiar.

La violencia no entiende de decretos. ¿Cómo es posible que sigamos cambiando estructuras esperando resultados distintos sobre problemas que llevan años intactos?

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