24/07/2024
03:16 AM

Tumor cerebral

Arturo Nolasco

Honduras acuña perfecto aquella frase: “pueblo chico, infierno grande”. País al que una fracción minúscula lucha por arrebatarle la conciencia, amputarle la paz y cercenar su tranquilidad.

Es una quimera conciliar el sueño en una sociedad donde una fracción de su clase política, la que generalmente turna en oposición, prospera rebosante e inconsciente que se autoflagela sin siquiera enterarse; perdiendo la perspectiva que siempre debería constituirse como una alternativa de relevo, mínimo esperanzador.

Su mundo gira, casi siempre en el arrebato, en una burbuja aferrada a carreras de relevos por permanecer vigentes, aprovechando cada espacio, fisura mediática o red social disponible para de forma irreflexiva ganar indiferencia, irrespeto, repeler adeptos, sumar desconfianza y aniquilar esperanzas.

La humanidad es compleja, desde sus inicios es una sociedad dividida en tres clases: alta, media y baja, esta última siempre manipulada y ultrajada, la clase alta, con visión aguda, menos emproblemada; pero la media perpetuamente con una carga muy pesada de sobrellevar.

La sociedad media está compuesta por la clase trabajadora que produce mayores dividendos al país, la que ofrece mano de obra calificada, en su mayoría con ingresos medianamente decentes, pero con una vida empeñada y al filo del padecimiento en toda su edad productiva.

Se trata de la gente que paga impuestos, servicios públicos, la que se esfuerza por tener transporte privado, paga caro por educación de mejor calidad para sus hijos, pero también es la franja social más acosada por el sistema financiero y el consumismo desmedido.

Hablamos de un segmento de la sociedad muy endeudado por pagar renta o cuotas por vivienda, es el perseguido por las tarjetas de crédito, el más apetecido por el asaltante; el trabajador que mantiene la economía del emprendedor, el sumido en responsabilidades y aferrado por dejarle al país, más que buenos hijos, ciudadanos dignos y honorables.

No tanto así para los subsidiados, la clase baja “más favorecida” del país, la que no paga energía, menos agua potable, pero que sí cuenta con ambos servicios básicos como derecho humano; igual, este plebeyo goza de muchos privilegios sin tanta preocupación, pues no lo persigue la banca para quitarle el sueño, menos el comercio para darle al crédito.

Partiendo de esa premisa, los hondureños, en su mayoría, ruegan a Dios por un retorno de la paz y tranquilidad, por menos “toxicidad política” en su diario vivir, donde lo cotidiano debería ser la estabilidad económica y emocional, que se hable concretamente de oportunidades de trabajo para cada uno.

Pero igual, el endémico político opositor está empeñado en ponerle sal a la herida de todo un pueblo de forma permanente, una herida que debe cerrarse cada cuatro años que se decide por una nueva administración pública, pero no, ese excluido del gasto público se lleva todo a su paso hasta volverse un tumor cerebral.

Los hondureños no deberían desayunar, almorzar ni cenar circo político los 365 días del año, debe llegar el día donde los desplazados del erario público le den tregua a una sociedad agotada y fastidiada de sus batallas estériles para los intereses de las mayorías, pero sí fértiles para garantizar su bienestar.

En las últimas horas surgió el tema del día y ese es que el diputado al Congreso Nacional de Honduras Jorge Cálix, fue expulsado del Partido Libertad y Refundación, LIBRE, nada que los hondureños no sepan desde el 23 de enero 2022, cuando éste aceptó liderar una paralela con diputados del Partido Nacional, al Congreso Nacional que desde entonces dirige Luis Redondo.

Y así sucesivamente en el pueblo chico lo de Cálix será un infierno grande por lo menos una semana, relegando de inmediato realidades de mucha más importancia, como, por ejemplo: la mora quirúrgica en el sistema público de salud, atracción de inversión, seguridad jurídica pétrea, combate frontal a la corrupción; de hablar sobre concretar acciones para lograr que la migración sea por elección y no por obligación, etc.