Hombres y mujeres leales

La lealtad se demuestra al defender la dignidad de quienes no están presentes. Criticar con mala intención, alimentar rumores y desacreditar a otros son prácticas que deterioran la confianza y revelan la falta de virtud

Hay un refrán, bastante cínico, por cierto, que afirma que, si bien hablar mal de los demás no alimenta, sí entretiene. Evidentemente, no es uno de esos refranes llenos de sabiduría, que reflejan lo mejor de la experiencia humana, sino más bien uno que retrata cuán ruin puede llegar a ser el ser humano cuando utiliza la murmuración, la detracción o la deslealtad como pasatiempo.

La lealtad, íntimamente vinculada con la virtud cardinal de la justicia, es un hábito ético que nos lleva a reconocer la dignidad del otro como algo merecedor de respeto, independientemente de sus palabras o de sus acciones. Nos exige, por así decirlo, “guardar las espaldas” de quienes nos rodean, sobre todo cuando no están presentes y, por tanto, no pueden defenderse.

De alguna manera, todos tenemos la obligación de ser leales con las personas con las que convivimos, ya sea en el hogar, en el trabajo o en las relaciones de amistad. Faltamos a la justicia cuando hablamos mal de alguien ausente, sin importar cuán notorios puedan parecernos sus defectos. La gravedad de la falta aumenta precisamente porque quien es objeto de la crítica se encuentra indefenso al no estar presente para responder.

Distinto es el caso de una evaluación de desempeño o de cualquier circunstancia en la que sea necesario valorar objetivamente la actuación de una persona. Señalar errores, limitaciones o carencias puede constituir incluso un deber profesional para quien tiene la responsabilidad de hacerlo. En tales casos, omitirlos sería faltar a la verdad y a la propia obligación del cargo.

Hay deslealtad, en cambio, cuando se difama a alguien con el propósito de desacreditarlo o de cobrarse supuestos agravios recibidos. Y se convierten en cómplices quienes escuchan complacidos las diatribas dirigidas contra el ausente y participan, de un modo u otro, en ese ejercicio de descrédito.

Lo cierto es que ser virtuoso no resulta fácil. La lealtad exige esfuerzo. Muchas veces “pica la lengua” ante la conducta real o aparentemente reprochable de los demás. Sin embargo, lo mejor, lo más digno, es guardar silencio o, cuando las circunstancias lo permiten, hablar de frente y corregir con sinceridad a quien se equivoca.

Lo que no es correcto, lo que no honra a nadie, es ensañarse con el prójimo, intentar destruir su buena fama o deteriorar su imagen ante los demás.

Todos conocemos el alivio que produce descubrir que alguien salió en nuestra defensa cuando estábamos ausentes. Quizá esa sea la medida más auténtica de la lealtad: hablar de los demás como quisiéramos que hablaran de nosotros cuando no estamos presentes.

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