Yo le llamo “astenia vespertina dominical”, y consiste en una especie de desasosiego, cierta inquietud, que suele presentarse en muchas personas, y me incluyo, los domingos por la tarde. Esta sensación se experimenta por igual si las ordinarias actividades semanales son de nuestro agrado o nos resultan una especie de “huerto” que estamos obligados a sufrir para tener bocado que llevarnos a la boca. En mi caso, la paso tan bien en familia que me la paso el lunes extrañándola.
Y cuando se regresa de un descanso más prolongado el padecimiento puede ser peor, máxime si las vacaciones estuvieron tan llenas de actividades que poco se pudo descansar. Recuerdo a una amiga cercana, muy dedicada a su trabajo, por cierto, que antes de volver luego de un período prolongado de descanso lloraba buena parte de la tarde la víspera del retorno. Claro, ya una vez de vuelta a la rutina se le iban las penas y se desempeñaba como la mejor. Porque no es cosa de ser perezoso o de no valorar la chamba, sino de la natural inclinación a desear dormir un poco más y tener un horario más flexible.
Pero esto es lo que hay. Todos tenemos, y pobres lo que no, una actividad laboral que no solo nos permite pagar las cuentas, sino que nos ayuda a crecer como seres humanos, a desarrollar una serie de hábitos que enriquecen nuestra personalidad y nos perfeccionan.
También es cuestión de actitud.
Porque, aunque la labor que realizamos no sea la más emocionante del mundo, o no siempre estemos rodeados de gente simpática, debemos echarle ganas. Las caras largas, los gestos destemplados, el rictus amargo, en nada colaboran con la propia satisfacción personal y más bien crean un clima poco saludable para uno mismo y los demás.
La alegría también es una virtud humana; es decir, se adquiere por repetición de actos hasta llegar a ser una disposición estable que ennoblece el carácter.
Si nos acostumbramos a saludar, a desear bienestar a los demás, a preocuparnos por su salud, a sonreír, insisto, generamos un ambiente acogedor que luego se contagia. Es asunto de las llamadas neuronas espejo: a las caras de asco se les devuelve otra igual, a las amables también. Hagan la prueba. Las excepciones no harán más que confirmar la regla.