Escatologías

Toda promesa de un final feliz empieza confesando, en voz baja, que el presente no vale nada. Escatología es la palabra culta para la doctrina de los fines últimos, o sea, la muerte, el juicio, el fin del mundo. Suena a teología de sacristía, pero gobierna más conductas humanas que cualquier ley escrita.

Friedrich Nietzsche, en “La genealogía de la moral”, propuso una lectura incómoda de por qué estas promesas de final funcionan tan bien.

El cristianismo, escribió, no nació del espíritu sino del resentimiento, pues los débiles, incapaces de vencer a los fuertes en esta vida, inventaron una moral que convertía la impotencia en virtud -la mansedumbre, la paciencia, la resignación- y aplazaron la victoria para un reino futuro que, convenientemente, nadie podía verificar antes de morir. No hacía falta cambiar el mundo. Bastaba con sobrevivirlo con la mirada puesta en otro.No hace falta viajar hasta Roma ni Jerusalén para ver esa maquinaria funcionando.

En Honduras crecen cada año más templos que prometen un rapto inminente, un arrebatamiento de los fieles antes de la gran tribulación. Es una promesa que, por diseño nietzscheano, no exige del creyente organización política, sindicato, voto informado ni exigencia alguna al Estado: exige obediencia hoy, a cambio de una recompensa que llegará después de la muerte de todos los involucrados. Quien predica el fin de los tiempos no necesita rendir cuentas de nada terrenal -ni del sueldo del ministro, ni de la carretera sin asfaltar, ni del hospital sin medicinas-, y el rebaño que le cree tampoco se las exige. Ahí está el genio cruel del arreglo: convierte la resignación en fe, la fe en obediencia y la obediencia, finalmente, en control.La izquierda, hay que decirlo con la misma honestidad, construyó su propia escatología secular.

El marxismo prometió el fin de la historia de clases, un reino sin explotación que llegaría inevitablemente si la fe -perdón, la conciencia de clase- se mantenía firme. Del otro lado del espejo ideológico, Francis Fukuyama anunció en 1992 el fin de la historia opuesto: la democracia liberal como destino final de la especie, después del cual ya no habría nada más que administrar. Ambos, el profeta comunista y el politólogo liberal, pedían lo mismo que el pastor evangélico: aguante hoy, porque el final ya está escrito y está de tu lado.Hoy tenemos dos escatologías nuevas, vestidas de ciencia. El colapso climático y el reemplazo por inteligencia artificial.

La diferencia es que estas sí tienen evidencia empírica detrás, y no pretendo equipararlas moralmente con una profecía sin base. Pero psicológicamente producen el mismo efecto en quien las escucha: parálisis o sumisión a un nuevo sacerdocio, ahora de expertos y algoritmos, que administra el miedo al fin como los sacerdotes de antes administraban el miedo al infierno.

El fin del mundo, venga de un púlpito o de un informe científico, venga en forma de fuego eterno o de temperatura promedio, siempre necesita intermediarios que administren nuestro miedo y nos digan qué hacer mientras tanto.Y está la escatología más hondureña de todas, la que no se predica en un templo, sino que se vive en la terminal de buses -la migración como éxodo bíblico. Se sale de un país que ya se da por condenado, se cruza un desierto real, se busca una tierra prometida que, una vez alcanzada, tampoco redime del todo: el migrante en Houston sigue extrañando, sigue debiendo, sigue esperando algo que no termina de llegar.Nietzsche habría preguntado quién se beneficia de que usted siga esperando el fin del mundo del capitalismo, del planeta, de la travesía, en vez de exigir que el presente, este mismo agosto de 2026, cambie. Yo no tengo esa respuesta lista para usted. ¿La tiene usted para sí mismo?

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias