Todos sostenemos constantemente un diálogo interno. Y eso que nos decimos a nosotros mismos nos puede hacer caer en una pena. ¿A qué tipo de pena me refiero? Brayan Tracy la define como “pensamientos negativos automáticos”.
Y Carl Gustav Jung, eminente médico y psiquiatra, nos dijo: “Estar convencido de algo no es siempre tener la razón”.
Conocí a un estudiante universitario, convencido de que todos los catedráticos que le tocaban “eran tóxicos” y que siempre hacían algo en su contra. Caía en los pensamientos negativos automáticos más nocivos: el de generalizar: todo, nunca, siempre. Así, todo le salía mal.
Nunca lo tomaban en cuenta. Todos, hasta su hermano, estaban siempre en su contra. ¿Era cierto?
El estar convencido de todo lo malo que supuestamente le ocurría no lo dejaba pensar en todas las cosas buenas que le ocurrían.
Por ejemplo, que su familia costeaba sus estudios y sus gastos diarios, que tenía transporte gratuito en los autobuses de la Universidad. Realmente contaba con cosas muy agradables. Además, no eran ciertos sus pensamientos negativos automáticos, pero los sufría.
No es la única “pena” en que se puede caer. Está también el pensar muy negativamente sobre cualquier situación. He conocido a un hombre básicamente bueno que, desafortunadamente, tenía su diálogo interno lleno de pensamientos negativos automáticos. Si un grupo se reía, pensaba que se reían de él. Si una vecina, distraída, no lo saludaba, pensaba que alguien le había contado algo malo de él. Ese negativismo lo llevaba a pensar: “¿Y si pierdo el trabajo?”, “¿Y si mi esposa llegara a ponerme los cuernos?”. Y si, y si, y si... Así, su diálogo interno lo hacía sufrir por peligros imaginarios.
Era un ejemplo de que el hombre que inconscientemente tiene miedo sin un peligro verdadero inventa mentalmente situaciones en las que el peligro hipotéticamente pudiera ocurrir. ¡Y está probado que más del 95 % de esos angustiosos pensamientos no llegan a ocurrir jamás!