El pastor

La muerte de un sacerdote en medio de la guerra expone no solo la violencia del conflicto, sino también el silencio y la indiferencia del mundo ante ciertas tragedias

Hay muertes que hacen ruido en el mundo. Y hay muertes que el mundo decide no escuchar. La del padre Pierre El-Rahi, ocurrida el pasado 9 de marzo, pertenece dolorosamente a las segundas. Un sacerdote maronita, párroco de Qlaya’a, una pequeña aldea del sur del Líbano, que no murió en un templo ni en silencio, sino corriendo. Corriendo hacia el dolor.

Corriendo hacia su gente. Corriendo, literalmente, hacia el fuego. Cuando supo que una casa, vecina a su parroquia, había sido alcanzada por un bombardeo no dudó: fue a socorrer a sus feligreses. Entonces vino el segundo ataque. Y allí, entre escombros, terminó su vida. No murió por accidente. Murió por fidelidad. En árabe, su apellido, El-Rahi, significa “pastor”. Y pocas veces una vida ha encarnado tan perfectamente un nombre. El papa León XIV lo dijo con una claridad que atraviesa el alma: fue “un verdadero pastor”, que permaneció junto a su pueblo con el amor y el sacrificio de Cristo. Pero mientras Roma lloraba, el mundo... callaba.

Ese silencio más que el ruido de las bombas debería inquietarnos. Porque hoy la muerte se ha vuelto selectiva en su capacidad de conmover. Algunas tragedias ocupan titulares, despiertan análisis, provocan debates. Otras, en cambio, se disuelven en el anonimato de una guerra que ya no escandaliza a nadie. ¿Cuántos han escuchado su nombre? ¿Cuántos saben que murió ayudando, no huyendo? Y, sin embargo, su muerte es un espejo incómodo. Nos revela que la guerra realmente no es una estrategia, no una maniobra geopolítica, no una “respuesta proporcional”, sino una maquinaria que termina triturando especialmente a quienes se rehúsan a abandonar su humanidad. A los que no disparan.

A los que socorren. A los que aman. El padre Pierre no llevaba armas. Lo había dicho días antes: “Las únicas armas que portamos son la paz, el amor y la oración”. Y aun así murió como si fuera un objetivo militar. Ahí están las consecuencias colaterales de toda guerra: no solo los cuerpos que caen, sino la erosión progresiva de nuestra sensibilidad moral. Cuando la muerte de un sacerdote que corre a salvar vidas no nos detiene, algo en nosotros también ha sido alcanzado, por un arma peor que un misil. El Santo Padre no solo expresó su dolor. Hizo algo más profundo: pidió que su sangre sea “semilla de paz”. Pero esa frase encierra una pregunta desafiante: ¿puede brotar la paz en un mundo que ha aprendido a mirar hacia otro lado?

Porque la paz no empieza en los tratados. Empieza en la capacidad de no callar. De nombrar. De no acostumbrarse. El padre Pierre El-Rahi no fue un líder mundial, ni un personaje mediático. Fue algo más peligroso: un hombre coherente. Uno de esos que, en medio del caos, no negocian su vocación. Y por eso, su muerte no es solo una noticia. Es una denuncia. Una denuncia contra la guerra. Contra la indiferencia. Contra ese silencio cómplice que poco a poco va normalizando lo inaceptable. Tal vez el verdadero problema no sea que el mundo esté en guerra.

Tal vez el problema es que hemos empezado a acostumbrarnos a ella. Y cuando eso ocurre, ya no solo mueren los inocentes. Muere también nuestra capacidad de llorarlos y honrarlos.

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