Así como la prudencia es la madre de todas las virtudes, no me cabe duda de que la soberbia es el padre de todos los vicios. Este hábito antiético, adquirido, como todos los vicios, por repetición de actos poco nobles, se cuela en la personalidad de los individuos y tiñe de mal color las relaciones humanas.
Es la soberbia el vicio que hace creer a quienes lo practican que son superiores a los demás; que sus ideas son mejores que las de los otros; que deben convertirse siempre en el centro de las conversaciones, y que, pobre de aquel que ose contradecirlos o pretenda ganar un protagonismo que opaque el suyo.
El soberbio no habla, sino que sentencia; sus intervenciones deben poner punto final a todas las discusiones y dejar clara su superioridad sobre las opiniones ajenas. El soberbio no permite que nada se mueva y que nadie piense sin su consentimiento.
Las personas que padecen este terrible defecto rara vez se examinan con sinceridad por miedo a descubrir, como es natural, que, como el resto de los seres humanos, poseen defectos, deficiencias y miserias.
Y, si alguna vez tienen la valentía de enfrentarse consigo mismas, son presa de la amargura y de la frustración, porque no soportan reconocer que están lejos de la perfección y que existen a su alrededor hombres y mujeres con virtudes más notables que las suyas y que brillan con luz propia.
Tristemente, muchos de los individuos que sufren de este vicio están rodeados de aduladores, de gente que, por quedar bien, por obtener algún beneficio o por complejo de inferioridad, se dedica a quemar incienso ante ellos. Estos celebran sus ocurrencias, engrandecen sus cualidades e hinchan su ego.
Como todos los vicios, la soberbia dificulta la convivencia armónica. Es sumamente difícil convivir con alguien que se cree poco menos que una divinidad, que espera que todo el mundo le haga la corte y se haga a un lado para dejarlo pasar.
Y, si alguna vez quedan en evidencia sus naturales defectos, busca a quién culpar o los atribuye a la envidia que sus “innegables cualidades” suscitan entre los demás. Cuando oye hablar de humildad, se sobrecoge de espanto, porque cree que esa no es una virtud, sino una debilidad de carácter.
Ojalá que, por el bien propio y la paz de los demás, luchemos todos por desterrar de nuestra personalidad este horrible vicio que acaba por volvernos ridículos y dignos de lástima.