Hay libertades que solo existen para quien tiene con qué ejercerlas.
Anthropic, el laboratorio que hoy entrena algunas de las mentes artificiales más avanzadas del planeta, publicó recientemente un ejercicio de modelación económica que merece ser leído en Tegucigalpa con la misma urgencia con que se lee en San Francisco. El documento traza tres escenarios hacia el año 2030. El más extremo, el que llaman de transformación económica profunda, describe una inteligencia artificial capaz de mejorarse a sí misma recursivamente, una economía que se duplicaría cada cuatro años y medio y un desplome de la participación del trabajo en el ingreso nacional desde niveles históricos hasta apenas el cuarenta y cinco por ciento, mientras el capital se queda con el resto. La mayoría de los trabajadores del conocimiento, dice el propio estudio, enfrentaría desempleo o salarios menores. El documento admite, con una honestidad poco común en su género, que no modela qué pasaría en el resto del mundo. Ese silencio es, para nosotros, el verdadero texto.
Simone de Beauvoir enseñó que ninguna libertad existe en abstracto, que toda libertad está situada, encarnada en un cuerpo, una geografía, una historia que no elegimos. También enseñó que el sujeto se constituye siempre frente a un Otro, una conciencia a la que se le niega la reciprocidad, a la que se le impide proyectarse hacia el futuro y se le condena a la inmanencia, a repetir, sostener, servir, mientras otro sujeto ejerce la trascendencia de crear, decidir y planificar. Leída así, la economía extrema que describe Anthropic no es solo un problema de empleo. Es una maquinaria que produce Otredad a escala planetaria. Honduras no compite por ser sujeto de esa transformación. Compite, en el mejor de los casos, por no convertirse en su materia prima.
Y aquí la ambigüedad de Beauvoir se vuelve literal. Dentro de nuestra propia sociedad reproducimos exactamente la misma estructura que tememos del exterior. Un país donde el apellido árabe o europeo abre puertas hacia la trascendencia, hacia la propiedad, la educación privada, la salud de calidad, el placer entendido como derecho y no como lujo, mientras el apellido lenca, maya chortí, tolupán o miskito sigue condenado, generación tras generación, a la inmanencia que Beauvoir describía en el trabajo doméstico y hoy podríamos describir en el trabajo precario, el que ninguna máquina considerará todavía rentable automatizar porque cuesta menos que el software. Si la brecha global se agrava, la brecha interna no se queda quieta. Se agudiza con ella, en espejo.
El contrato social hondureño, ya frágil, no resistiría bien una sacudida de esa magnitud. Cuando el desempleo del conocimiento se combina con estados que ya no logran garantizar agua, alimento ni seguridad a sus ciudadanos más pobres, lo que aparece históricamente no es la revolución, sino el crimen organizado ofreciendo, con crueldad eficiente, la protección y el ingreso que el Estado dejó de ofrecer. Beauvoir hablaba de la tentación de la seriedad, esa huida hacia valores ya hechos, entregados por otro, que libera al sujeto de la angustia de elegir. Un joven sin trabajo ni horizonte encuentra en la estructura criminal exactamente esa seriedad, una jerarquía que piensa por él, que le ofrece pertenencia a cambio de renunciar a su propia trascendencia.
Y en el tablero internacional, la pregunta se vuelve casi existencial en el sentido más técnico del término. Honduras puede insistir en definirse a sí misma, en ejercer soberanía como proyecto, como trascendencia colectiva. O puede seguir aceptando el rol que otros le asignan: economía extractivista, territorio de paso, peón discreto entre potencias que compiten por chips y minerales sin preguntarnos nada.
¿Estamos dispuestos, como país, a exigir reciprocidad en un mundo que ya decidió, sin nosotros, quién será sujeto y quién será solamente Otro?