Cuentan que Nelson Rockefeller, quien fuera el hombre más rico del mundo en los años 60, siempre que acudía a su oficina en uno de sus edificios del centro de Nueva York, saludaba amablemente a un menesteroso que permanecía en la acera. Sin embargo, este hombre, conscientemente, no reaccionaba al saludo. Ante el repetido desplante, uno de los asistentes del magnate le preguntó por qué se molestaba en saludar a aquel desdichado si nunca contestaba el “Buenos días”. El multimillonario empresario respondió que “de niño mis padres me inculcaron la costumbre de saludar a los mayores y, por el hecho de que a este señor le sea indiferente mi elemental gesto de cortesía, no voy a dejar de practicarlo”.
Hoy en día también es común que personas que encontramos en una acera ni siquiera se vuelvan para vernos cuando las saludamos amablemente. Posiblemente sea porque van inmersas en sus problemas, padecen de fobia social o simplemente repudian las normas de cortesía. El placer de saludar está en decadencia debido a la poca atención que la familia y los centros educativos dan a los temas de urbanidad, convivencia y valores.
Recuerdo que mi padre siempre tenía a mano dos libros que nos leía en los ratos de esparcimiento: El mártir del Gólgota y Manual de urbanidad y buenas costumbres, de Manuel Antonio Carreño. Esta última obra contiene lecciones y consejos sobre cómo deben comportarse las personas en lugares públicos y privados como la familia, la sociedad y el trabajo. Por aquellos tiempos, cuando alguien cometía una falta de cortesía, lo mandaban a consultar a Carreño. El manual es tan importante y conocido que ha sido mencionado en obras literarias. Por ejemplo, en la novela Como agua para chocolate. Infortunadamente, en nuestro medio es poco leído; creo que debería instaurarse en los centros educativos.
El arte de saludar ha venido cambiando desde la época olvidada, cuando los caballeros se quitaban el sombrero ante la presencia de una dama, hasta los tiempos del boom tecnológico, en que el “buenos días” y el beso en la mejilla han sido sustituidos por una irreverente jerga juvenil de lenguaje vulgar.
Por suerte, todavía existen personas, especialmente en el interior del país, que expresan con alegría y sinceridad sus deseos por el bienestar de amigos, familiares, caminantes y forasteros. Expresado de esa manera, un saludo no solamente conforta a quien lo recibe, sino que también sirve de aliciente anímico al entusiasta saludante. Considero que, si uno va a mascullar un destemplado “buenas” o simplemente a mover la cabeza como el garrobo para saludar, mejor quedarse callado como el menesteroso de la anécdota de Rockefeller.