Honduras es un país que desconfía del poder, pero no de los hombres fuertes. Esa contradicción explica por qué Manuel Zelaya sigue siendo una figura central, fuerte y persistente. Mel no es solo un expresidente derrocado. Es, probablemente, el primer caudillo de izquierda que ha producido Honduras, y quizá también el último.
Esto puede incomodar a muchos. Algunos dirán que antes estuvo Ramón Villeda Morales, y es cierto que Villeda fue un reformista, un demócrata social adelantado a su tiempo, un hombre honesto que creyó en el Estado de derecho. Pero Villeda no fue un caudillo. No construyó poder desde el conflicto con el imperio ni desde la épica de la confrontación. Fue derrocado precisamente porque gobernó con moderación en un país que no toleraba reformas sin ruptura. Mel, en cambio, emerge de otro molde. El del líder que encarna una causa, un agravio histórico y una narrativa continental.
Zelaya pertenece a una generación latinoamericana muy específica. La de Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, Fernando Lugo, José Mujica y los Kirchner en Argentina. Una camada que surgió cuando América Latina intentó, con mayor o menor éxito, disputar soberanía política, económica y simbólica frente a Estados Unidos. Mel no nació en la izquierda. Giró hacia ella empujado por el contexto regional y por una verdad histórica iberoamericana que nunca desapareció del todo. La tutela foránea.
El golpe de Estado de 2009 lo convirtió en símbolo. No tanto por su gestión, sino por la ruptura del orden político del país. Desde entonces, Zelaya dejó de ser solo un político y pasó a ser una idea - resistencia, dignidad vulnerada, antiimperialismo. Eso lo vuelve caudillo en el sentido clásico. Caudillo no por su programa, sino por su carga simbólica.
Pero quince años después, la pregunta es inevitable y debe hacerse sin romanticismo. ¿Veremos nuevos líderes fuertes de izquierda surgir en Honduras con capacidad real de articularse con la izquierda latinoamericana? ¿O estamos presenciando el final de esa vieja izquierda caudillista?
El balance regional es ambiguo. Morales fue erosionado por el poder, Correa terminó exiliado, Cristina Fernández judicializada, y Ortega se degeneró en un autoritarismo semimonárquico. Lugo, Dilma Rousseff y el propio Zelaya fueron víctimas de golpes. Y, más allá de las trayectorias personales, el dato más duro es que los gobiernos de izquierda no transformaron radicalmente la vida de las mayorías. Honduras y Latinoamérica siguen siendo pobres, desiguales y dependientes, casi igual que hace quince años.
Sin embargo, hay una causa que sobrevive a los fracasos y las biografías. Esa lucha tan noble, tan humanista y tan cristiana - la lucha antiimperialista. Aquí conviene aludir a Bartolomé de las Casas, quien en su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” escribió una frase que me enamora y que sigue siendo demoledora cinco siglos después: “Que ninguno es ni puede ser llamado rebelde si primero no es súbdito”.
De las Casas entendería perfectamente la posición rebelde de Zelaya y Libre. Que Honduras, en su lucha frente a la injerencia estadounidense, hereda una lucha justa, porque ha sido históricamente súbdita, intervenida, condicionada. La lucha inversa, la de Estados Unidos contra Honduras -por momentos liderada por personajes grotescos como William Walker- nunca puede ser justa, porque ellos jamás han sido nuestros peones. Esa asimetría moral sigue intacta.
La pregunta, entonces, no es si la causa es legítima, sino quién la encarnará después de Mel. Las nuevas generaciones no creen en caudillos, desconfían de discursos épicos y exigen resultados concretos. La izquierda hondureña heredó un lenguaje del siglo XX, pero gobierna en un mundo que ya no responde a esas fórmulas.
Zelaya es, en ese sentido, una figura de transición; o sea, el primero en encarnar el antiimperialismo como proyecto político explícito en Honduras y quizá el último capaz de hacerlo desde el carisma personal. Su influencia proviene más del pasado que del futuro.
Los caudillos pasan. La subordinación estructural no. La tarea pendiente para Honduras no es producir otro Mel, sino transformar una causa históricamente justa en un proyecto político moderno, capaz de enfrentar al poder sin repetir los errores de una izquierda que confundió liderazgo con salvación.