Entre tanta desfachatez, noticias falsas, vídeos adulterados y escándalos generados por la era electrónica, me puse a meditar en la placidez de los tiempos idos, sin renegar por lo que el tiempo se llevó, a sabiendas de que nada es estático en la vida. Sin embargo, me dio nostalgia recordar aquella época dorada.
La Escuela Normal de Varones de Tegucigalpa, donde hice la secundaria, tenía por aquellos tiempos su contraparte femenina en la Escuela Normal de Señoritas de Comayagüela, con su internado para las alumnas becadas. Su impecable uniforme blanco, que cubría más allá de las rodillas, resaltaba la candidez de aquellas muchachas, quienes, al igual que nosotros, los normalistas becados por el gobierno de Ramón Villeda Morales, procedían de diferentes pueblos del país.
Eran los tiempos de la nueva ola, de los chicos copetones al estilo de Elvis Presley y del estupor por la minifalda. Los grupos juveniles que surgieron en el fragor de la nueva ola musical resonaban en los salones de baile, acelerando el ritmo cardíaco de las parejas. Cuando estas festividades se realizaban en la Escuela Normal de Señoritas, era mandatorio que las internas asistieran vestidas de blanco hasta los pies; por ello, los muchachos salíamos del bailoteo con los zapatos blanqueados de tanto rozar con los de nuestra bailadora.
Había kermeses también en el Instituto Central, que era un colegio mixto y cuyas alumnas se consideraban más espabiladas que las normalistas porque, en su mayoría, eran capitalinas. El conjunto Los Rangers, surgido de ese centro estudiantil, hacía furor en las kermeses con su melodía La chica del Central, inspirada en una hipotética estudiante que solo llegaba al colegio a calentar el pupitre. Su vocalista, Roberto García, murió en un accidente junto con el bajista Arnulfo Castro, después de grabar su otro éxito, Un lugar en el cielo.
Cuando no estaban en clases o se escamoteaban, los estudiantes solían reunirse en las cafeterías de moda, como el Salón Verde, El Hogar o el Jardín de Italia, frente a la joyería Cantero. Allí, en la esquina de Cantero, atrapada ahora por la Plaza Peatonal, el viento se desataba en oleadas por las tardes, haciendo travesuras con las faldas de las muchachas que iban saliendo del trabajo.
"Tapate, niña, tapate, que ya ese viento te desnudó", cantaba el artista hondureño Billy Brand, de moda por ese tiempo, al igual que la controvertida minifalda. Había quienes alababan el advenimiento de la diminuta prenda femenina, argumentando que no tenía nada de malo si quien la lucía era joven y poseedora de unas bien torneadas piernas; pero sus detractores la veían como obra del demonio para incitar al pecado.
En medio de la controversia, un periodista quiso poner en jaque al presidente Ramón Villeda Morales al pedirle su opinión sobre la minifalda. El mandatario, con su característica agilidad mental, contestó: "Es una cosa tan mínima que no vale la pena opinar". No imagino qué hubiese contestado si en ese momento ya existiera el hilo dental.