Cuando se habla de virtudes humanas, y se hace un elenco de las más importantes, no falta nunca en él la virtud del orden. Se ha dicho, incluso, que el ejercicio de cualquiera del resto de las virtudes exige un componente de orden, porque este ayuda a buscar el tan necesario “justo medio” en la práctica de cualquier hábito ético. Hace falta ser ordenado para vivir correctamente la generosidad o la sinceridad o la laboriosidad, para evitar las faltas o los excesos en cada uno de ellos. Recordemos que cuando nos vamos a los extremos dejamos de ejercitar virtudes y más bien caemos en los vicios. Porque una cosa es ser sincero y otra es ser indiscreto o mal educado; así como una cosa es ser laborioso y otra perder la salud o descuidar a la familia por el activismo desordenado.
El orden es tan importante que cuando se hace referencia al trascendental de la belleza, se dice que sin orden no hay belleza, o que lo ordenado cumple un requisito esencial para ser bello. Por eso es por lo que una casa ordenada resulta agradable y acogedora, aunque no haya en ella lujos.
Por supuesto que el orden no es un asunto que atañe solo a lo externo. Hay un orden interior que nos lleva a dar importancia a lo que verdaderamente lo merece, o a dedicar tiempo o afecto a quien en justicia corresponde. Faltaría orden si se dedicara más tiempo a los amigos que a la familia, o al descanso que al trabajo. Faltaría orden si se tratara con mayor cortesía a los colegas que a la esposa o a los hijos, o si se estuviera más atento a las necesidades de los extraños que a las de los propios.
Se trata de poner cada cosa en su lugar. Cada vez que se utiliza un instrumento de trabajo hay que devolverlo al lugar destinado para su adecuada custodia; cada vez que definimos una agenda de trabajo, conviene respetarla.
El orden facilita la existencia. ¡Cómo se pierde tiempo buscando un objeto que no ha sido colocado donde se debería, y cuántos disgustos se padecen cuando alguien, por desorden, falta a la puntualidad o atropella el horario de los demás!
Y no se trata de ser maniático ni de andar por ahí buscando que todos los escritorios estén alineados y que ninguna silla esté fuera de la fila, y mucho menos resultar incómodo o cargante para los demás. Pero sí, hay que reconocer que en un sitio limpio en el que cada cosa esté en su lugar es más fácil convivir en armonía y estar a gusto.