Alto, pare, oiga, vea

Las inundaciones recurrentes en la calle 13 de San Pedro Sula evidencian la urgencia de obras de drenaje y una respuesta municipal que atienda las demandas de las comunidades antes de que ocurra una tragedia

Cuando teníamos un ferrocarril nacional y los ferrocarriles fruteros de las compañías bananeras, había unos rótulos en forma de letra equis en todas las intersecciones de la vía férrea con los caminos y carreteras, las estaciones del ferrocarril y otros sitios en donde frecuentemente cruzaban peatones. En ellos se leía un mensaje parco: Alto. Pare. Oiga. Vea.

Era una advertencia por los peligros que ofrecía cruzar de manera irresponsable los rieles del ferrocarril. Todo mundo, hasta los analfabetos, comprendían tal advertencia. A pesar del mensaje, que se potenciaba con el pito estruendoso de las locomotoras al acercarse a los sitios de peligro, no fueron pocos los accidentes en los que murieron muchos hondureños y hubo atropellos a vehículos conducidos de manera irresponsable.

Digo esto a propósito de que nuestras autoridades no paran, no oyen ni ven. De nada sirve el clamor de los habitantes exigiendo la ejecución de obras indispensables o la reparación de algunos caminos, sistemas de agua, centros de salud, escuelas y otras estructuras elementales e indispensables en la vida de los pueblos.

Recuerdo el grito insistente de Moisés de Jesús Ulloa Duarte, a través de HRN, que exigía con su slogan: “Pavimentemos la carretera del Norte, las generaciones futuras nos lo agradecerán”. En ese entonces, la mayoría de nuestros hermanos centroamericanos eran poseedores de una red importante de carreteras y ciudades pavimentadas. Cuando yo vine a estudiar a la UNAH, la carretera del Norte era de terraplén y el viaje entre San Pedro Sula y Tegucigalpa duraba unas doce horas de magullamiento y polvo. La calle hacia Suyapa que conduce a la UNAH estaba llena de baches. Todavía, muchas cabeceras municipales no cuentan con acceso mediante carretera pavimentada y La Mosquitia no tiene siquiera esperanzas de una carretera de tierra. Por esta situación, los pueblos salen a pedir a las autoridades que hagan alto, paren, vean y oigan. Pero es hablar con ciegos y sordos.

Quiero magnificar un ejemplo que es la expresión de la negligencia de las autoridades frente a los graves problemas que enfrentan varias comunidades, municipios y barriadas, los habitantes, principalmente los de bajos recursos.

Desde hace muchos años, los habitantes de la calle 13 de San Pedro Sula, situada en la zona Suroeste, sufren las inclemencias de repetidas inundaciones que ponen en peligro sus vidas y bienes. Una pequeña tormenta generalmente causa un flujo de agua que, con el aumento de la magnitud de las lluvias, rebasa los bordillos de la calle e inunda las viviendas, arrastra autos y enseres y, repito, pone en serio peligro a vida de los habitantes y peatones de ese sector de la Capital Industrial de Honduras.

El incidente se repite cada vez que hay una lluvia regularmente torrencial, es decir, que se repite varias veces durante las épocas lluviosas del año y se ha repetido constantemente durante muchos años. Por suerte, hasta ahora no recuerdo el reporte de la pérdida de una valiosa vida, pero eso podría ocurrir más temprano que tarde.

La autoridad municipal de San Pedro Sula no hace alto, no para, no ve y tampoco oye.

Lógico es pensar que ese problema se resuelve solamente si se construye, no solo para la calle 13 sino para toda la ciudad, un sistema de evacuación de las aguas lluvia que supere el peligro al que están expuestos los habitantes de esos sitios sin que a los funcionarios les cause escozor porque no hacen alto, no paran, no ven y no oyen. No oyen el clamor de sus pueblos que piden intervención inmediata, no tardía. El Valle de Sula se inunda periódicamente y, en vez de construir bordos sólidos de cemento y canto, se hacen de tierra sin importar la tragedia que azota a las comunidades.

Los pueblos de Honduras están llenos de esos problemas. Las autoridades están obligadas a responder con premura para prevenirlos y solventarlos y así cumplir con las expectativas que los ciudadanos tenían cuando les apoyaron en las urnas. Es preciso que se paren, vean y oigan oportunamente para que no sea la tragedia la que los despierte de su modorra demagógica. O que haya justicia contra los funcionarios negligentes que no previenen la tragedia.

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