Abreu y la lucha irredenta de los indios

El legado de Ermilo Abreu Gómez permanece vivo a través de Canek, una obra que marcó profundamente a sus lectores y que también dejó huella en Honduras, donde el escritor mexicano ejerció como maestro

En 1957, Ermilo Abreu Gómez vino a Tegucigalpa para impartir la cátedra de Español en la recién inaugurada Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán.

Mi primo Marco Tulio Mejía Rivera, su exalumno, me cuenta que las clases eran formidables y que cada vez que se iniciaba una clase, el maestro Abreu Gómez escribía en una esquina del pizarrón: AMPP.

Ninguno de los alumnos sabía qué significaba aquello hasta que Marco Tulio le preguntó. “Quiere decir A Margarita Paz Paredes”, respondió.

Margarita Paz Paredes (1922-1980) fue una poetisa importante mexicana. Sus poemas están relacionados con el humanismo, la filantropía y los derechos del pueblo.

Su verdadero nombre era Margarita Camacho Baquedano, pero cuando se casó con el poeta hondureño Rafael Paz Paredes, cambió su nombre de pila por el que utilizó para firmar su obra.

Después de que Margarita se divorció de Rafael Paz Paredes, se casó con Ermilo Abreu Gómez.

Las clases, según mi primo, consistían en que don Ermilo escribía un texto en el pizarrón y luego todos debían aportar para ver la pertinencia de cada palabra o de cada signo de puntuación.

“Aprendí muchísimo con él”, me confesó Marco Tulio.

Yo me enteré de la obra de Abreu Gómez cuando la Dirección de Publicaciones, en San Salvador, el director Ricardo Trigueros de León envió, por el correo postal, al joven adolescente delgado que era yo, a La Esperanza, las obras editadas por él.

Entre los títulos recibidos estaba un libro, el número 6 de la Colección Caballito de Mar, titulado Canek, del maestro Abreu Gómez.

El minilibro apenas tiene 29 páginas -contando portada, portadilla y dedicatoria-. Yo lo leí de un tirón.

Estaba dedicado a Margarita. No cabe duda: quedé fascinado por la valentía y la sabiduría del indio Canek, la infinita tristeza del niño Guy, la inocencia de la niña Exa; igualmente me impresionó la crueldad de los amos.

Sucesivamente, fui topándome con otros de sus libros que busqué con empeño: la fabulosa traducción de El Popol-Vuh, Leyendas y Consejas de Yucatán, otras versiones más extensas de Canek, Héroes mayas, Leyendas y Consejas del Antiguo Yucatán, Cuentos de Juan Pirulero.

El último libro que llegó a mis manos, Sala de retratos, lo adquirí gracias a la generosidad de la doctora María de los Ángeles Chapa Bezanilla.

En internet encontré el nombre de Adolfo Castañón, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, a quien había conocido en Guadalajara.

A la hora de las comidas me sentaba con Castañón y otros delegados de la Real Academia Española y de las Academias de América.

Castañón me habló con mucho entusiasmo de Rafael Heliodoro Valle.

Más tarde, al enterarme de que Castañón había reeditado un libro de don Ermilo, contestó mi mensaje y me envió la página en la que Abreu Gómez retrata magistralmente a Rafael Heliodoro Valle: una hermosísima caracterización de un hombre dedicado totalmente a su labor docente y de escritor.

En internet también encontré una semblanza bibliográfica de don Ermilo escrita por Rafael Heliodoro Valle. Estaban de amor pagado los dos.

Acudí a mi amiga Chapa Bezanilla para conseguir el libro de Abreu Gómez editado por Castañón.

Ella me lo hizo llegar de inmediato a pesar de la pandemia y se negó a cobrarme un centavo.

Me decía mi maestro de Español en el Colegio de La Esperanza, Armando Canales, que don Ermilo practicaba una teoría del ahorro de palabras, de tal suerte que, en las ediciones sucesivas de Canek, el libro quedó reducido a unas cuantas páginas, convertido realmente en un auténtico poema en prosa en donde no sobra ni falta palabra alguna.

Fernando Solana Olivares nos dice: “En Ermilo Abreu Gómez se operó una nueva síntesis artística donde la mesura clásica puso en práctica una retórica de la contención y de la reticencia, una política expresiva de la discriminación, que así eludía el trillado camino de lo experimental y regresaba al poder mismo de la palabra como acompañante y testigo de la acción del ser”.

El mismo Abreu Gómez opinaba así de su libro: “Canek, bueno o malo, es el libro que mejor refleja mi dolor por el dolor de los humildes, de los indios de mi tierra. Si su lectura aviva la conciencia del hombre frente a la injusticia, me tendré por satisfecho”.

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