"Nos encontraremos en el cielo”: el adiós y la súplica ignorada a Nasser Hilsaca

La historia de Nasser Hilsaca terminó en el mismo hospital donde había asegurado que quería seguir viviendo. Sus últimos días estuvieron marcados por la enfermedad, la diálisis y un clamor por atención digna: solo quería un baño

La Ceiba, Atlántida

Un año atrás, Nalasser Hilsaca miraba desde una cama del Hospit General Atlántida y hablaba de volver a vivir. Este domingo, esa misma historia terminó frente a un féretro, entre oraciones, abrazos y el llanto incontenible de una hermana que permaneció junto a él hasta el final.

A las 3:00 de la tarde, familiares y amigos acompañaron sus restos hasta la capilla del cementerio del barrio Mejía, en La Ceiba. Allí se celebró el oficio religioso antes de conducirlo hasta su última morada.

Su hermana Básima Hilsaca allí tampoco se separó de él. “¡Ay, mi hermanito ya está descansando, ya está con nuestros padres. Nos encontraremos en el cielo, querido hermano!”, expresó entre lágrimas mientras despedía al hombre por quien durante meses pidió ayuda.

Abandonados en el hospital Nasser Hilsaca y su hermana Básima

La escena cerraba una historia que Honduras había conocido a través de imágenes difíciles de olvidar, pero cuyo drama iba mucho más allá de las 630 libras que llegó a pesar.

Nasser tenía 58 años. Había nacido el 5 de julio de 1968 y comenzó a aumentar de peso desde su adolescencia. Sus padres, Isa José Hilsaca y Mirian Hilsaca, habían llegado a Honduras desde Medio Oriente y posteriormente establecieron a la familia en La Ceiba.

Durante años fue comerciante y era conocido en el centro de la ciudad. Pero con el tiempo su obesidad y sus problemas de salud fueron reduciendo su mundo hasta prácticamente convertir una habitación en toda su existencia.

Cuando llegó la pandemia en 2020, Nasser se instaló en un apartamento de un edificio de La Ceiba. La dificultad para desplazarse y el progresivo aumento de peso provocaron que dejara de bajar. Durante aproximadamente cinco años permaneció prácticamente confinado.

Nasser Hilsaca pasó de decir “he vuelto a revivir” a denunciar, un año después, que ya no soportaba las condiciones en las que permanecía. Murió el sábado 8 de agosto y este domingo La Ceiba lo despidió entre dolor, oraciones y preguntas.

El día que Honduras conoció a Nasser

El 23 de junio de 2025, su historia salió de aquella habitación.

Bomberos, rescatistas y personal de apoyo protagonizaron durante horas una operación inédita para sacarlo del inmueble. Las escaleras no permitían movilizarlo, por lo que fue necesario utilizar una grúa y evacuarlo por la parte exterior del edificio.

Las imágenes recorrieron Honduras: Nasser suspendido sobre una plataforma, descendiendo lentamente mientras decenas de personas observaban desde la calle.

Hasta en el Hospital Atlántida hubo que improvisar. Tres camillas fueron soldadas para crear una superficie capaz de recibirlo y atenderlo. Pero detrás de aquellas imágenes había un hombre que todavía quería vivir.

Días después del rescate, LA PRENSA conversó con él desde su cama hospitalaria. Estaba agotado, tenía dificultades para respirar, pero hablaba con esperanza.

“De cómo entré a como estoy he vuelto a revivir”, dijo entonces. Agradecía la atención recibida y aseguraba sentirse mejor después de haber llegado en condiciones delicadas.

Pero Nasser quería otra oportunidad. La solidaridad también apareció. Se organizaron actividades para recaudar fondos y ayudar con su atención, mientras su familia intentaba preparar una vivienda en condiciones que permitieran recibir a un hombre que necesitaba espacios especiales para poder entrar, movilizarse y utilizar un baño.

Pero la mejoría no fue definitiva. Un año después, todo había cambiado. Para agosto de 2026, la realidad era otra.

La enfermedad renal crónica se había sumado a las complicaciones provocadas por la obesidad mórbida. Nasser necesitaba diálisis periódicas y sus condiciones físicas hacían que cualquier traslado entre su casa y el hospital se convirtiera en una operación compleja.

Su hermana Básima, también enferma y con serias limitaciones para movilizarse, se convirtió en su principal compañía.

Gracias a todos por solidarizarse con Nasser: Básima Hilsaca. Él trato a ella también fue impropio de los más elementales derechos humanos.

El viernes 7 de agosto, LA PRENSA publicó la que sería la última entrevista de Nasser. Ya no era el hombre que un año antes decía que había “vuelto a revivir”. Estaba cansado. Dolido.Y molesto.

Aseguró que había recibido el alta médica, pero que seguía en el Hospital Atlántida porque no tenía las condiciones físicas ni logísticas para marcharse con seguridad. Básima explicaba que cada vez que lograban llevarlo a casa volvía a empeorar y tenía que regresar.

“Es inhumano lo que estoy viviendo. Quieren que salga corriendo de aquí y ya no aguanto; solo saben decirme que ya no le pertenezco al hospital”, denunció Nasser.

Su hermana tampoco tenía dónde descansar. LA PRENSA documentó a Básima durmiendo en el suelo después de que la cama que utilizaba fuera requerida por el centro hospitalario ante la falta de equipo. Ella misma necesitaba una silla de ruedas para desplazarse.

Los dos hermanos permanecían atrapados en una situación que parecía no tener salida: Nasser necesitaba atención y diálisis; Básima no podía cuidarlo sola y movilizarlo requería equipo y ayuda externa.

“Le dan el alta, pero no está bien”, reclamó ella. Su petición era conseguir una estructura o rampa que permitiera trasladarlo de una manera “digna”.

El periodista Carlos Molina, corresponsal de LA PRENSA en La Ceiba, siguió de cerca el doloroso desenlace de Nasser Hilsaca hasta prácticamente sus últimas horas. Documentó primero su deseo de vivir, luego su lucha por recibir mejores condiciones de atención y, finalmente, su clamor por algo tan básico como poder asearse y ser tratado con dignidad.

“No tengo derecho a asearme”

Pero hubo un reclamo de Nasser que, después de su muerte, adquirió una dimensión todavía más dolorosa. En sus últimas declaraciones a LA PRENSA pidió algo elemental: poder estar limpio.

Aseguró que no tenía facilidades para acceder al agua y asearse pese a permanecer prácticamente inmóvil y padecer lesiones en su cuerpo.

“Eso es inhumano lo que están haciendo. Yo ya no aguanto”, dijo. Después agregó una frase que resumía su impotencia: “Estoy aquí. No tengo derecho a asearme”.

Su temor era que la falta de higiene agravara las lesiones que padecía. “Es para que yo me siga pudriendo. No tiene que ser así”, reclamó.

No pedía entonces una cirugía extraordinaria ni un tratamiento imposible de conseguir. Pedía agua, limpieza, asistencia y permanecer en un lugar donde se sintiera seguro.

Su reclamo quedó registrado. Horas después, ya no habría tiempo para responderlo. “Siento que me ahogo”, exclamó. Y así fue.

La mañana del sábado 8 de agosto, Nasser murió en el Hospital General Atlántida.

Básima recordó después con LA PRENSA las últimas horas de su hermano. Contó que Nasser pedía constantemente que lo limpiaran y que le llevaran agua, pero que no contaban con suficiente personal para atenderlo.

“Siento que me ahogo, tengo calor”: las últimas palabras de Nasser Hilsaca

La mujer recordó una de las últimas expresiones que escuchó: “Déjame, ¿por qué no me dejas que yo me vaya? Siento que me ahogo, tengo calor”. Básima hacía lo que podía.

Ella misma tenía dificultades para moverse. Aun así, se acercaba para acomodarle las almohadas, intentar aliviarlo y acompañarlo. “Yo no me podía mover del piso y él estaba enfermo, pero aun así le iba a colocar las almohadas. Murió durmiendo, parece”, relató.

La familia cuestionó que, pese a las solicitudes que hicieron, Nasser permaneciera formalmente fuera de una hospitalización permanente y acudiera principalmente por sus tratamientos de diálisis. Básima reconoció también que el hospital argumentaba tener protocolos que debía cumplir.

“Dios tiene la verdad y Él va a saber; ya mi hermano falleció y no vale la pena”, terminó diciendo.

Más de 15 hombres entre civiles y bomberos fueron necesarios para llevar a Naser Hilsaca a su última morada en el nicho familiar.

Otra vez los bomberos

Hasta después de morir, mover a Nasser requirió de un esfuerzo extraordinario.

Bomberos tuvieron que colaborar para retirar del hospital el féretro con su cuerpo, una escena que inevitablemente recordó aquel operativo que, poco más de un año antes, había permitido sacarlo de su apartamento para intentar salvarle la vida. Entonces descendía sostenido por una grúa y había esperanza.

Esta vez salía dentro de un ataúd. Y este domingo, el recorrido terminó en el cementerio del barrio Mejía.

Frente a su tumba quedaron Básima, familiares, amigos y una ciudad que siguió de cerca una historia marcada por la obesidad extrema, la pobreza de recursos para enfrentar una enfermedad compleja y una dependencia casi absoluta de terceros para las acciones más básicas de la vida.

Nasser se hizo conocido por su peso, pero en sus últimos días pidió que lo miraran más allá de las 630 libras. Pidió poder movilizarse con dignidad. Pidió que no lo obligaran a marcharse cuando decía sentirse enfermo. Pidió que lo ayudaran a limpiarse. Pidió agua. Y pidió ser tratado como un paciente que todavía necesitaba ayuda.

Un año antes había dicho a LA PRENSA que sentía que estaba “volviendo a vivir”. En sus últimas horas, la esperanza había sido reemplazada por otra frase: “Ya no aguanto”.

Este domingo, mientras su hermana lloraba frente al féretro, la batalla terminó. “Ya está descansando”, repetía Básima.

La Ceiba enterró a Nasser Hilsaca, pero su historia deja una pregunta que va mucho más allá de su enfermedad: qué tan preparado está el sistema de salud para atender con dignidad a un paciente cuya condición física exige cuidados extraordinarios, incluso para necesidades tan elementales como bañarse, trasladarse o simplemente sentirse acompañado.

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Redacción La Prensa
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LA PRENSA es el decano de los diarios impresos en Honduras y líder en audiencias en las plataformas digitales. Se fundó el 26 de octubre de 1964 en la ciudad de San Pedro Sula.

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