El euroescepticismo, exacerbado por la crisis en la Eurozona, ha resurgido con fuerza en el Reino Unido, donde se ha roto un tabú al hablarse ya abiertamente de una salida o Brixit (British exit) de la UE (Unión Europea) si no se satisfacen las reformas exigidas por Londres.
Paul Whiteley, profesor de la Essex University, explica la ambivalencia de la isla con respecto al proyecto europeo al que se unió en 1973 y las dificultades de esta asociación por un equívoco original.
“La pertenencia del Reino Unido siempre fue muy pragmática, centrada en el comercio”, señaló.
“Nunca suscribió realmente a la dimensión política”, agregó por su parte Philip Whyte, del Centre for European Reform, un centro de estudios proeuropeo.
Con la crisis económica, “la opinión pública cambió radicalmente en cinco años”, dijo Whiteley. En el barómetro mensual que supervisa, el número de británicos favorables a la permanencia en la UE cayó hasta el 39% en agosto de 2012. 61% deseaban abandonarla.
Tres factores explican este desamor, según Philip Whyte: la ampliación de la UE a los países de Europa central y oriental en 2004, asimilada a “una pérdida de control en las fronteras del Reino Unido” que vio llegar un millón de inmigrantes; la percepción por parte del mundo de los negocios de una “inflación de reglamentación redundante”; y la crisis que da una imagen “desfavorable” de la UE y de la eurozona.
“No vino nada bueno”
Estos elementos radicalizaron un poco más a los conservadores, provocando tensiones con sus socios de coalición liberal demócratas, mayoritariamente proeuropeos.
“Nunca vino nada bueno del continente”, decía la exprimera ministra Margaret Thatcher (1979-90). El euroescepticismo “envenena” desde entonces a los Tories, comentó Paul Whiteley.
“La diferencia es que hoy las divisiones internas en el partido conservador no oponen ya a los euroescépticos y a los partidarios de Europa, sino a dos clanes de euroescépticos, los que quieren quedarse y los más radicales que quieren irse”, añadió.