Hay relatos que no se limitan a enumerar hechos, sino que reconstruyen el espíritu de una época. Conversar con don Adolfo Hung Pacheco es precisamente eso: un ejercicio de memoria viva que permite entender cómo, en un contexto donde el deporte aún no tenía el arraigo actual, se gestó uno de los eventos más emblemáticos de Honduras.
Desde el inicio de la conversación, en su visita a la redacción de Diario La Prensa su tono es reflexivo y agradecido, como quien reconoce la importancia de volver sobre sus propios pasos. Al evocar aquellos años, no lo hace desde la nostalgia vacía, sino desde la conciencia de haber sido parte de algo que trascendió su tiempo.
“Gracias por invitarme y hacerme recordar todo o parte de la historia, o el proceso como se dio la maratón, porque realmente son momentos que marcaron una etapa muy importante en mi vida y en la vida de muchas personas que estuvieron involucradas en ese inicio”, inició relatando.
Antes de la Maratón, hubo una vida marcada por la disciplina y el compromiso. Su formación no fue circunstancial, sino el resultado de años de constancia entre el trabajo, el servicio y el deporte.
“Empecé con La Prensa, soy de los primeros empleados del diario, y también formé parte del cuerpo activo de Bomberos voluntarios de San Pedro Sula, además de practicar mi deporte favorito, que era el karate. Todo eso en conjunto fue formando una base de esfuerzo físico y mental que más adelante tendría mucho sentido”, contó.
El origen de la legendaria carrera.
Esa rutina fortalecía el cuerpo y también la determinación. Entre los bomberos y el entrenamiento marcial, correr era parte esencial de la preparación diaria, y subir el Caracol se había convertido en una tradición que exigía resistencia y disciplina.
“Entre bomberos y karate teníamos que hacer toda la formación necesaria para mantenernos en forma, corríamos constantemente, y en bomberos teníamos la tradición de subir al Caracol para fortalecer las piernas y mantener el cuerpo activo, lo cual era parte de nuestra rutina”, contó Fue precisamente en ese punto elevado, con la ciudad extendiéndose ante sus ojos, donde surgió la idea que daría origen a todo. No fue el resultado de un plan elaborado, sino de una intuición clara en el momento preciso.
“Estando arriba, en la cúspide del Caracol, quedé viendo San Pedro Sula y pensé: ‘Hombre, ¿qué hacemos nosotros?, ¿por qué no lo hiciéramos en la Feria Juniana?’, y en ese momento le dije a Alfonso Medina, que era uno de los miembros del grupo de bomberos que también corría: ‘Poncho, ¿por qué no hacemos una Maratón del parque hasta aquí?’”.
Como suele ocurrir con las ideas que desafían la realidad, la primera respuesta fue un recordatorio de las limitaciones existentes. La falta de recursos era evidente, y la duda surgió de inmediato. Sin embargo, su convicción fue más fuerte que cualquier obstáculo.
“Él me dijo: ‘Ah, sí, ¿y con qué recursos?’, y yo le contesté: ‘Yo los consigo’. Entonces me dijo: ‘Bueno, si usted se lanza, hágalo y nosotros lo apoyamos’, y así fue como empezó todo, con una idea y el respaldo de compañeros”, recordó.
Apoyo incondicional de La Prensa con la decisión tomada, el siguiente paso fue buscar legitimidad institucional. Comprendía que el nombre sería clave para darle identidad y proyección al evento, por lo que acudió directamente a la dirección del diario. La respuesta fue inmediata y determinante.
“Fui donde don Jorge Larach y le dije: ‘Don Jorge, fíjese que tengo esta idea de hacer una carrera desde el parque hasta la Coca-Cola, pero necesito su autorización para usar el nombre de La Prensa’, y él me respondió: ‘Haga todo lo necesario, dele viaje, no hay problema’, y con ese apoyo fue que decidí que la carrera se iba a llamar La Prensa”, explicó. A partir de ese momento, todo lo demás tuvo que construirse desde cero.
Sin experiencia previa ni recursos disponibles, la organización se convirtió en un ejercicio constante de creatividad y esfuerzo colectivo.“Empezamos sin experiencia y sin recursos, y cuando llegó la fecha tuvimos que andar consiguiendo todo, porque no había nada listo, y el apoyo de los compañeros de La Prensa y del Cuerpo de Bomberos fue definitivo, junto con el respaldo que siempre sentí de don Jorge”, expresó.
Cada detalle refleja las condiciones de aquel inicio. Los materiales eran improvisados, pero la voluntad suplía cualquier carencia.
“Para poner los números de los corredores no teníamos de dónde sacarlos, así que llevamos una mesa al atrio de la alcaldía y con cartones de las bobinas los cortamos en cuadros, conseguimos un rollo de cabuya y con eso hacíamos los números que se les entregaban a los participantes”, rememoró.
Aquella primera carrera Más allá de la logística, hubo una decisión que marcaría el rumbo del evento: hacerlo inclusivo. En una época donde muchas actividades eran limitadas, abrir la inscripción a todos generó una conexión inmediata con la comunidad.
“La inscripción era gratuita, se le daba a cualquiera sin pedir documentos, porque yo tenía claro que debía ser algo abierto, y eso dio resultado porque la gente comenzó a inscribirse tanto en bomberos como en el diario, y luego publicábamos los nombres en el periódico”, manifestó.
Esa publicación, aparentemente simple, tuvo un impacto profundo en la gente. Ver su nombre en un medio impreso significaba reconocimiento, pertenencia y orgullo.
“¿Qué oportunidad tiene una persona en su vida de ver su nombre publicado en un periódico?, si no es por un accidente o algo negativo no aparece, pero con la Maratón sí. Y yo estoy seguro de que mucha gente guardó esas páginas, por eso se identificaron tanto con el evento”, dijo.
El día de la primera carrera superó todas las expectativas.
Lo que se había organizado con esfuerzo y sin certezas encontró una respuesta masiva y entusiasta por parte de la ciudad.“El 26 de junio de 1976, cuando empezó la Maratón en la tarde, ver la cantidad de jóvenes corriendo y demostrando su espíritu de competencia fue algo que realmente me impactó, incluso vi gente que nunca imaginé que iba a correr participando con entusiasmo”, relató.
Con el paso de los años, la competencia creció hasta convertirse en una referencia nacional. Sin embargo, para su creador ese impacto nunca fue el objetivo inicial, sino una consecuencia inesperada de un esfuerzo colectivo:
“No pensé que iba a tener tanta trascendencia, yo lo miraba como una actividad que satisfacía al pueblo y que también engrandecía a La Prensa por el apoyo que le daba a la comunidad”.
Lo que sí reconoce con claridad es el cambio cultural que provocó. La percepción sobre el ejercicio y el respeto hacia los corredores comenzó a transformarse, marcando un antes y un después en la vida cotidiana.
“Antes de la Maratón, a uno lo miraban corriendo en la calle y le tiraban los carros encima, pero después hubo respeto y, además, comenzaron a surgir otras actividades deportivas en distintas ciudades del país, fomentando el ejercicio aeróbico”, apuntó.
"El logro más grande en mi vida" En medio de ese crecimiento, hay una paradoja que define su historia personal. “Lo triste es que siendo el creador de la Maratón nunca corrí en una de ellas, porque me tocaba estar atendiendo todo, desde los trofeos hasta el transporte, y eran tres o cuatro días en los que prácticamente no dormía”, argumentó.
Su visión no es individual, sino colectiva. Su mayor satisfacción radica en haber contribuido a algo que trascendió lo personal y benefició a toda una comunidad.
“Es el logro más grande que hice en mi vida, pero no pensando en mí, sino en la comunidad y en mis compañeros, porque era un reflejo del esfuerzo de todos”, subrayó.
Entre los muchos recuerdos que guarda, hay uno que permanece como el más significativo. “Uno de los momentos más emotivos fue ver a tantos jóvenes corriendo y demostrando su espíritu de competencia, eso fue lo que más me llamó la atención”, destacó.
Con el paso del tiempo, su mirada sobre aquella experiencia se ha vuelto más serena, pero no menos importante. “He vivido muchas etapas en muchas actividades y he disfrutado lo que he hecho, pero esto ha sido una de las experiencias más significativas”, expresó.Y si tuviera la oportunidad de repetir la historia, su respuesta es clara, directa y sin titubeos:
“Sí, lo volvería a hacer, porque para eso estamos, para desarrollar los dones que Dios nos dio”.Finalmente, al resumir su vida y su vínculo con el medio que respaldó aquella idea, deja una frase que sintetiza su legado con fuerza y sencillez, una declaración que trasciende lo personal para convertirse en memoria colectiva.
“Yo no nací con La Prensa; La Prensa nació conmigo”, cerró.A 50 años de aquella primera carrera hecha con cartón, cabuya y convicción, la Maratón de La Prensa sigue corriendo, no solo en las calles, sino en la memoria viva de Honduras.