Cuatro horas en el Catarino: LA PRENSA documenta la pesadilla de familiares de pacientes

Gritos de angustia, rostros desencajados, lamentos de dolor por muerte y muchas preguntas sin respuestas son parte del día a día a lo interno del hospital Catarino Rivas.

A medida pasa el tiempo crece el dilema de saber qué pasó con sus seres queridos en los alrededores del Catarino Rivas. Arte de fotografía: Mario Sánchez
A medida pasa el tiempo crece el dilema de saber qué pasó con sus seres queridos en los alrededores del Catarino Rivas. Arte de fotografía: Mario Sánchez

San Pedro Sula, Honduras.

"Estar aquí es un infierno, es desesperante, al dormir sobre el piso de este hospital siento que me voy a volver loca o me voy a matar", exclama Jennifer mientras reposa en una banca de madera al interior de una cafetería esperando recibir noticias de su hijo, quien está intubado desde hace 13 días en una sala de pedriatría del hospital Mario Catarino Rivas, ubicado en la zona norte de Honduras.

A lo interno del Catarino, que en esta ocasión luce más vacío que de costumbre por las restricciones de la pandemia del covid-19, transitan ambulancias por doquier con las sirenas encendidas saliendo por los portones para atender a heridos o movilizar enfermos, los locales de venta de comidas están recibiendo pocos clientes, las salas no lucen llenas, los guardias vigilan de extremo a extremo ante las prohibiciones y en los alrededores se observa a varias familias esperando la vida o la muerte mientras permanecen sentados en cartones, colchones rotos, aceras, duro pavimento y carpas improvisadas.

Hombres y mujeres, desde adolescentes hasta adultos mayores se dedican a lo único que está en sus manos en estos casos: esperar. En las esquinas se le mira firmes, soportando calor, hambre y sobretodo angustia que hace sentir cada hora como si fuera un mes.

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Así se preparan algunas familias que parmancen semanas esperando mientras sus pacientes son atendidos en el Mario Rivas.

Son alrededor de las 9:45 am, María Rosario (48) y su sobrina Francisca (43) están sentadas sobre el borde de una acera cerca del portón #4 del hospital, no han podido ingresar para mirar a Josué (familiar), quien está hospitalizado desde hace 15 días para someterse a un tratamiento de quimioterapias contra la leucemia que padece.

LA PRENSA pudo ingresar a varios puntos del Mario Rivas y escuchar impactantes testimonios de diferentes personas que han dejado su vida en pausa para definir la suerte de sus familiares aquí internados.

Entre la multitud aparece una mujer siendo trasladada en silla de ruedas por un joven, al parecer es su hijo, mientras que otra dama sale en muletas de una de las salas. "Dios va a proveer, ya verá que todo saldrá bien", le dice una joven a otra mujer mientras se dirigen a consulta externa, otra en cambio, mientras camina hacia la salida, va con la cabeza agachada y llorando, le avisa por teléfono a alguien más que "hay que hacer un tac (tomografía) para descartar cualquier tumor".

Por otro lado, tres hombres que seguramente no se conocen, conversan como si fueran amigos de años, dos mujeres colocan toallas para sentarse y una tercera come en un plato desechable y casi en medio de la nada. Otro grupo de personas tiene dos ventiladores pequeños para darse un poco de aire, una de ellas está cabizbaja mirando su celular y otros dos adultos mayores, quizá esposos, están contabilizando los pocos lempiras que andan en la bolsa.

En uno de los pasillos del Catarino camina una mujer de 30 años vestida con prendas sencillas, junto con su esposo y tomando de la mando a su niño Anthony. El menor fue ingresado el pasado 8 de mayo y desde entonces su madre dormía en una silla situada muy cerca de su cama y compraba la comida para mantenerse con ánimos en medio de la angustia por la salud de su pequeño.

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Los parientes de los enfermos sufren indirectamente la insuficiente logística de la cual es responsable de brindar la Secretaría de Salud.

"Estar aquí no se lo deseo a nadie, a veces uno no está bien económicamente, pero hay que ver cómo se las arregla dentro. Al día gastaba casi 200 lempiras solo en comida y me tocaba comprar medicamentos, vine con una bolsa cargada de ropa y era mi primera vez", expresa.

La familia residente en la colonia San Rafael, en los bajos del municipio de Choloma, procede a salir del hospital con un rostro de satisfacción porque la estadía fue corta y el pequeño Anthony se recuperó.

Familiares a la espera de noticias

Jennifer (30), el personaje que resalta al inicio de esta dramática crónica hospitalaria, ha dormido una que otra noche aquí, le ha tocado desde dormir en bancas y aceras hasta en el auténtico suelo debido a los pocos espacios y a la inevitable necesidad. "Paso sentada acá durante el día, sola y muchas veces aguantando hambre, estoy en zozobra por la salud de mi hijo y solo me dejan mirarlo dos veces al día: a las 11:00 am y a las 5:00 pm, solo durante esas horas me informan de su diagnóstico", relata.

Esta madre originaria de la ciudad de Tela, de piel oscura, vistiendo blusa negra y pantalón de tela color blanco, permanece sentada sobre una banca de una cafetería a pocos metros de una de las entradas al hospital. A su lado hay dos ancianos, quizá ninguno se conoce, pero están tertuliando y contando sus experiencias para "matar" el tiempo y darse consuelo.

"Es horrible estar aquí, hay que comprar los medicamentos porque no tienen nada en este hospital y los guardias nos ofenden a cada rato. No hay definición real para explicar lo que se siente estar en el Catarino, desespera y sobretodo en el estado que tengo a mi hijo en una uci de pediatría", cuenta Jennifer mientras se cruza las manos y desplaza su rostro hacia bajo como queriendo gritar "¡ya no aguanto, me siento impotente!".

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Algunos deben esperar en aceras mientras dan noticias de sus seres queridos internados.

"La atención médica ha sido buena, es primera vez que vivo esta situación, cuando me toca dormir aquí siento que me voy a volver loca o me voy a matar. Hay demasiados peligros, se miran caras raras como si fueran mareros los que caminan cerca de uno, es horrible", insiste esta madre.

Siguiendo el recorrido encontré a Antonio (45), quien se vio obligado a venir al Catarino Rivas porque su hijo recibió siete heridas con arma blanca en Colinas, Santa Bárbara. El menor se encuentra recibiendo atención médica también en pediatría, mientras que Antonio, desde hace 24 días duerme a la intemperie y come cuando le es posible.

"Aquí duermo donde sea y a veces con suerte conseguimos un bocado (alimento), estoy a lo que me salga y sufriendo, aunque a veces Dios le toca la conciencia y el corazón a la gente y nos regala cosas. Vine a este hospital sin dinero y resuelto a morir de hambre, pero hay personas que no conozco y han sido verdaderos ángeles", rememora con optimismo pese a todo lo que le ha tocado enfrentarse en su prolongada odisea.

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Las autoridades del Catarino Rivas bajaron el nivel de ingreso de personas debido a la pandemia del covid-19.

A unos cuantos metros de distancia está Karen Chacón (24) acompañada de una joven de 25 años y una abuela. Karen tiene 12 días de estar en el lugar porque tiene a su hijo debatiéndose entre la vida y la muerte en una unidad de cuidados intensivos.

"Ha sido tremendo, me ha tocado dormir en el suelo y buscando sitios donde haya luz por miedo a que me vaya a pasar algo. Dios me da la fuerza y afortundamente han venido personas cristianas que me han dado comida y algunos vecinos me han ayudado a recolectar dinero para comprar medicamentos porque en este hospital no hay", asevera la dama que porta vestido floreado, cargando un pequeño monedero en su mano izquierda y sentada sobre una grama que se siente caliente por los rayos del sol.

Adán Ramírez (37) es otro de los infortunados que le ha tocado esperar 16 días en el Catarino, donde tiene a su esposa en el tercer piso de la sala de cirugía de mujeres. "Días como baleadas o pan y días nada, ya que si me pongo a comer cosas caras me voy a quedar sin dinero y los días acá se hayan largos, se sienten eternos", sostiene este joven agricultor.

En una zona donde están instalados cuatros baños, lavamanos y pilas, también hay un rótulo que dice "Casa de oración". En su entorno hay varias personas, unas conversando, otras comiendo sin importar la bioseguridad y también durmiendo sin comodidades porque cayeron rendidas por el desvelo de la noche anterior.

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Un grupo de personas en uno de los pasillos más transitados dentro del Catarino Rivas.

Una joven originaria de Copán, quien estuvo durante más de un mes en el Mario Rivas mientras acompañaba a su hermana que luchaba contra un cáncer y que murió recientemente, en esta ocasión está haciéndole un poco de compañía y transmitiéndole su calor de solidaridad a su vecino Emilio Reyes (70), quien está desde hace dos días porque tiene a su esposa enferma.

"Estar aquí es duro, cada día uno gasta más, durante estuve en este hospital me quedaba casi siempre en la acera y ahora estoy acompañando a mi vecino porque sé lo difícil que es estar aquí. En mi caso hasta me acostumbré, pero quienes no han venido a los hospitales no se imaginan la pesadilla", recuerda mientras está recostada a una palmera para recibir sombra.

"A uno se le parte el corazón"

Mientras converso con ambos copanecos se acerca un guardia de seguridad hablando con tono agradable, dice que es evangélico y que le ha tocado observar episodios realmente dramáticos en tres años y medio que tiene de estar caminando por los diferentes espacios para estar al pendiente de la seguridad de los ocupantes y el viejo edificio.

Antes de la pandemia ingresaban a este centro asistencial organizaciones sin fines de lucro que llevaban alimentación a los familiares de los pacientes, pero ahora se limitan a llegar a los portones, con suerte muchos logran saciar su hambre y sed, al tiempo que aprovechan a pasar el mensaje a otros desconocidos, algo así como una cadena de comunicación, pero unos pocos con mala suerte ni siquiera se enteran que afuera están entregando ayudas.

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Los tres tienen más de dos semanas de dormir en medio de una completa incertidumbre en el Catarino Rivas.

"Aquí hay personas que solo andan con dos mudadas (ropas) y sin dinero, ya ha tocado sacar mi cartera y darles aunque sea 50 lempiras, de algo les ha de servir. A uno se le parte el corazón al mirar ancianos enfermos, jóvenes fracturados, personas que están dando el último adiós y que con la mirada te dicen ´¡ayúdame!´, pero aunque uno quiera no se puede, el dolor es enorme", pronuncia el vigilante mientras ciertas lágrimas corren por sus ojos.

"Si me pongo a llenar un cuaderno no termino de todo lo que se vive acá, paso 24 horas vigilando y 24 horas descansando, a cada rato muere gente. Hace poco vino una madre que deseaba mirar a su bebé prematuro que estaba intubado y me pidió a gritos que la dejara ingresar aún cuando es prohibido, pero le dije que no podía, aún así me desgarró su petición, hablé con mi supervisor y le dijimos que entrara rápido para que mirara a su niño, esas son cosas inolvidables para uno, en otras palabras, cosas que nunca se olvidan", comenta sin descuidar la seguridad del circuito al que está asignado mientra avanzo con las anotaciones en la libreta.

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En estas condiciones duermen algunos parientes de pacientes internos en el Catarino Rivas.

Heydi (25) está acostada dentro de una carpa junto con María (59), ambas oriundas de Santa Bárbara se hicieron amigas dentro del Catarino, una de ellas tiene a su hermano y la otra a su hija en una sala de ortopedia. Les ha tocado soportar sol, sueño, cansancio y hambre, deben ingeniárselas y "estirar" el poco dinero que andan para que ajuste a cualquier necesidad inmediata.

Cuando avanza la charla y el intercambio de experiencias se acerca Sonia (33), quien sin conocernos y presumo, con la imperiosa necesidad de desahogarse ante su crítica situación, se sienta sobre tres bloques y comenta que tiene 26 días de estar con su hijo internado en hematología, "siento que me voy a volver loca, no es fácil acostumbrarse porque tampoco tengo familiares en San Pedro, solo me mantiene la necesidad", exterioriza la joven procedente del departamento de Santa Bárbara.

En uno de los pasillos cercanos a emergencias está Waldina, quien entró un día antes al hospital debido a que remitieron a su sobrino desde Tela. "Ya pasé mi primer noche y ha sido una experiencia que no se la deseo a nadie", afirma.

Al acercarse las 11:00 am, a lo lejos se oye a las enfermeras que hablan con voz alta y pronuncian los nombres y apellidos de los pacientes para que sus familiares pasen uno por uno a conocer el evance del estado de salud por parte de los médicos.

Por otro lado se mira a dos mujeres que desarman la carpa que ha sido su hogar por más de dos semanas. Cerca de ellas otras personas comen el pollo guisado que alguien repartió de manera solidaria, revisan en reiteradas ocasiones su celular y tratan de engañar a sus nervios o miedo con algunas actividades de entretenimiento.

Doña Gloria, quien está en sala de espera, escucha a una enfermera decir que su hijo Carlos Alberto será dado de alta en las próximas horas, y como si se tratase de una guerra donde los otros soldados se vuelven tus hermanos, recibe abrazos y sonrisas de desconocidos con los que aprendió a convivir entre el miedo, la desesperación y la esperanza.

Lamentablemente no todo en bueno, mientras una historia se va cerrando para una familia, una incertidumbre comienza a abrirse para otra, don Manuel, quien trabaja como ebanista, está en espera de que le confirmen si su hijo Jorge sale positivo de una biopsia practicada.

En este lugar pernoctan madres, hermanas, hijas, muchas de ellas vienen equipadas para todo y para el tiempo necesario: gorras para cubrirse del sol, botellas de agua, cobijas para abrigarse del frío en las noches y madrugadas, almohadas y pedazos de cartón que les servirán de cama.

Como es habitual, en varios lados se mira a algunos vendedores ofreciendo sus productos, la mayoría son mascarillas y gel antibacterial para protegerse del covid-19, pero hay otros que venden algo más que lo material, se llama fe y esperanza. Ellos andan en sus manos ofreciendo cadenas o pulseras con mensajes bíblicos, una cruz, así como el nombre o figura de Jesucristo, incluso varios de ellos hasta se reúnen para orar e interceder en busca de milagros en favor de los enfermos.

Una lucha entre la vida y la muerte

Es increíble cómo un vendabal de emociones se cruza en los pasillos del Mario Rivas, unas por los recién nacidos y otras por aquellos que abandonan este mundo. En lugares como este se escriben historias que suceden al mismo tiempo, lo que las vuelve difícil de descubrirlas y atraparlas, también es evidente el esfuerzo de doctores y enfermeras que ponen en marcha desesperados intentos por salvar vidas.

A este lugar llegan parejas sin un lempira en el bolsillo, la carencia toma dimensión y forma, pero también hay personas que regalan a través de comida y bebidas calientes un poco de esperanza.

En el trayecto de cierre viene entrando una mujer de unos 45 años, llorando, con un dolor profundo reflejado en el brillo de sus ojos y sin poder hablar, pero la expresión de su rostro me hace imaginar que todo el dolor se halla concentrado en su cuerpo y no existe medicamento alguno en ningún rincón de este hospital que sirva para atenuarlo.

El reloj ya marca cerca de la 1:50 pm y toca salir por un portón peatonal del Catarino Rivas donde hay más de dos guardias custodiando, con cuadernos en sus manos, lápices, armas y woki toki.

Desde el momento que volví a colocar el primer pie fuera de dicho espacio hospitario sentí que estaba en otro mundo muy distinto al de adentro, donde abundan una serie de realidades que nos hacen más humanos, donde dicen presente la ciencia, experiencia, entrega, incerteza, el sufrimiento y la generosidad. Allí donde los rastros y rostros arman cada día la historia particular de los pacientes y familiares cuyas esperanzas se congelan a menudo, un sitio donde se dan cita la vida y la muerte, en el que la distancia entre una y otra puede ser sólo cuestión de minutos.

Al final del recorrido en el hospital entendí una vez más que a lo largo de la vida, tarde o temprano volveré ya sea porque estaré enfermo o porque acompañaré a otros en su enfermedad. También tuve la impresión que allí, pese a las múltiples limitaciones, se viven valores que hacen mucha falta en el mundo en que vivimos el resto, desde la alegría de un nacimiento hasta el inmenso respaldo ante el dolor por la pérdida de un ser querido.

Los relatos escritos aquí sobre lo que se vive en el hospital Mario Catarino Rivas se traducen en una verdadera escuela de la vida...

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El Catarino Rivas es uno de los hospitales más grandes que tiene Honduras, pero al igual que los demás carece de lo necesario para una atención óptima a pacientes y familiares.

Abastecidos en más del 85% en medicamentos y buscando rehabilitar albergue

Ante la ola de cuestionamientos por parte de familias de pacientes que están internos en el Catarino Rivas, sus autoridades aseguran que este centro asistencial está abastecido a nivel general en más del 85% en cuanto a medicamentos y que una de las soluciones para apoyar a quienes vienen desde lugares lejanos es rehabilitar en los próximos meses un albergue que está afuera de dichas instalaciones, el cual fue cerrado debido a la pandemia que asedió al país a mediados de marzo de 2020.

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Julia Sánchez, portavoz Catarino Rivas

"Desde que inició la pandemia el hospital tomó medidas como prohibir visitas como se hacía antes, ya que empezamos a notar que debido a la aglomeración varios de los pacientes y empleados resultaron afectados por el covid-19, eso orilló a tomar determinaciones y resguadar la salud de todos", sostuvo Julia Sánchez, relacionadora pública del Catarino Rivas.

"Solo se le permite a un familiar estar con el paciente mediante una tarjeta especial, lo que sucede con el resto de personas es que no respetan las normas de bioseguridad, hay casos en que ingresan al Catarino y ni siquiera tienen parientes, lo han tomado como casa propia, eso es precisamente lo que hemos tratado de evitar, pero no ha sido fácil porque no podemos correr a alguien, pues recordemos que existen derechos humanos", añadió Sánchez.

Sobre la pronta rehabilitación del albergue, la portavoz reiteró que "nos vimos obligados a cerrarlo debido a la pandemia, pero estamos ya trabajando en este proyecto para restablecerlo y así ayudar sobretodo a quienes vienen de lejos, además es necesario educar a las personas porque no pueden dormir todos juntos".

Sobre denuncias de un mal trato de guardias a familiares, Sánchez argumentó que "a la gente no le gusta respetar, los guardias solo cumplen con un reglamento, el detalle está en que los familiares en muchos casos se alteran y eso ha generado episodios difíciles".

La Prensa