El próximo gobierno, presidido por el presidente electo Juan Asfura Zablah, debe incorporar en su agenda de trabajo, con carácter prioritario, la seguridad de las personas y sus bienes para contrarrestar la violencia que a diario nos afecta, en un ambiente de zozobra e incertidumbre del que nadie está exento, aun si permanece en su hogar o se moviliza en vehículo propio.
Experimentamos la violencia por partida doble: la que procede de infiltrados en los cuerpos de seguridad, aliados con bandas criminales, que, portando uniforme militar o policial, aprovechan para delinquir, y la particular, igualmente letal; ambas desestabilizadoras de la necesaria gobernabilidad, esencial para la convivencia armónica y pacífica.
El que desea incursionar en los negocios, inaugurar una empresa, lo piensa dos veces antes de proceder, ante la posibilidad real de, al poco tiempo de iniciar operaciones, ser víctima de los extorsionadores, con consecuencias trágicas de no someterse al “impuesto de guerra”.
Quien reside en zonas sometidas al control de maras puede ser, en cualquier momento, conminado a desalojar su vivienda en término perentorio, convirtiéndose él y su familia en refugiados internos.
Los propietarios de unidades de transporte colectivo temen que sus unidades sean destruidas, y que el motorista y/o el cobrador sean ejecutados, de no acatar los pagos cotidianos exigidos por chantajistas.
La violencia contra la mujer por parte de su pareja es otra modalidad de abuso y fuerza que conduce a la orfandad a los hijos e hijas procreados.
Los y las defensoras del medio ambiente arriesgan sus vidas por denunciar la explotación irracional de los recursos naturales existentes en sus comunidades, que atenta contra la calidad de vida de las y los pobladores.
Subsistimos en un clima maniqueo, en el que percibimos al prójimo como nuestro amigo o enemigo, nuestro aliado o adversario, habiendo perdido la mutua confianza en las relaciones interpersonales.
Hemos alcanzado tales niveles de confrontación que percibimos la violencia como la “nueva normalidad”, presente día tras día, semana tras semana. Las y los testigos oculares de hechos delictivos optan por llamarse a silencio como medida preventiva y protectora de su seguridad, lo que dificulta la labor investigativa de la autoridad.
La próxima administración recibirá el total respaldo colectivo si logra adoptar un conjunto de medidas —permanentes y efectivas— que hagan posible revertir la paz y la seguridad actualmente perdidas. De permanecer indiferente y pasiva, nos acercaremos velozmente hacia el caos y el sálvese quien pueda.