Trabajo infantil

El trabajo infantil continúa siendo una de las problemáticas sociales más graves de Honduras

Definido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) como “todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico”.

La Convención sobre los Derechos del Niño y de la Niña asocia el concepto de trabajo infantil con el desempeño de cualquier actividad que pueda ser peligrosa, que entorpezca la educación o que sea nociva para la salud y el desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social.

La organización de Naciones Unidas encargada de la niñez, Unicef, indica que debe estar protegida contra la explotación económica y el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso, entorpecer su educación o interferir en el desarrollo físico, psíquico o emocional de los menores.

En Honduras, 261,000 compatriotas menores de edad se encuentran en condición de trabajo infantil, de acuerdo a cifras incluidas en la Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples 2025 elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), laborando tanto en áreas rurales como urbanas, con el sector agrícola concentrando la mayor parte de la mano de obra infantil.

La tendencia es hacia el alza, agravándose aceleradamente: si para el 2023 el INE estimaba que 225,000 niños y niñas trabajaban, para el 2024 la cifra ya había aumentado a 249,000 y en 2025 alcanzó a 261,000, reflejo del deterioro en las precarias condiciones de vida de dos terceras partes del total poblacional que abarca a dos terceras partes.

A esta realidad objetiva debe agregarse la ausencia de oportunidades de trabajo digno y de acceso a la educación, al igual que la frágil capacidad estatal que impida la explotación económica de la niñez, expuesta a ser forzada a sufrir castigos físicos y mentales, humillaciones, abuso sexual, trata de personas, extracción de órganos, pornografía, mendicidad y delincuencia.

Su vulnerabilidad es aprovechada por los adultos para su manipulación con fines de lucro, en ocasiones por sus propios padres u otros familiares.

Si esta es la condición de un sector de nuestra infancia, otro drama paralelo afecta a las y los adolescentes: la maternidad y paternidad prematuras, producto de violaciones y embarazos no deseados, que también tiende a su incremento.

Así se arrebata a niñas, niños y adolescentes la posibilidad de una etapa formativa en la vida que resulta vital para ingresar a la adultez exenta de traumas que dejan secuelas de por vida. Y este ciclo puede repetirse de manera cíclica una vez que se convierten en madres y padres, en un círculo vicioso que tiende a perpetuarse.

Organizaciones internacionales como Save the Children, Casa Alianza y otras buscan, con los recursos humanos y económicos disponibles, contribuir a erradicar tal infamante realidad que degrada la condición humana de toda persona, independientemente de género y etnia.

No solo las autoridades gubernamentales, también la sociedad civil hondureña, debe activamente involucrarse en eliminar o cuando menos reducir tal lacerante realidad que nos empobrece, física y espiritualmente.

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