No solo en países regidos por Gobiernos teocráticos, tal es el caso de Afganistán e Irán, en donde la discriminación contra las mujeres es total, pero también en naciones del primer y tercer mundo gobernadas por autoridades seculares en donde se consolida el autoritarismo, la restricciones a los diversos derechos humanos, con tendencias abiertamente patriarcales y misóginas, se fortalece el rechazo a la igualdad de género, restringiendo la autonomía de las mujeres respecto a su cuerpo, libertad reproductiva y empoderamiento.
Los argumentos justificativos -por demás no valederos-, se basan en que la implementación de la igualdad ocurre a expensas de los derechos masculinos, atentando contra “valores familiares”, tradiciones culturales y religiosas, debilitando la identidad nacional. Tales pretextos equivalen a falacias y distorsiones de la verdad.
Se busca imponer la docilidad y la deferencia, la sumisión y la obediencia total femenina respecto a la autoridad masculina, misma que no debe ser cuestionada bajo ninguna circunstancia. La misoginia no es solamente el odio a las mujeres, también el deseo de vigilarlas y castigarlas, de acuerdo con la filósofa Kate Mannerios. Que retornen al hogar para dedicarse a procrear más hijos, confinadas al rol tradicional de amas de casa. El título de la obra de la compatriota Rina Villars sintetiza esa cosmovisión machista: “Para la casa más que para el mundo”.
La violencia doméstica es justificada y disculpada, asegurando que la defensa de los derechos femeninos pone en riesgo el estatus social y político masculino.
El creciente número de mujeres que ingresan a la educación superior, en pos de, una vez graduadas, mejorar sus ingresos económicos y, consecuentemente, poder adquirir solvencia respecto al paternalismo y dependencia respecto al hombre, es visto como amenazas al matrimonio y la familia, argumentos falsos y no valederos, opuestos a la igualdad de oportunidades y la participación plena de la mujer en la sociedad, la economía, la administración pública.
La representación femenina en los tres poderes estatales es aún muy limitada, a pesar de que representamos más de la mitad de la población total de nuestro país, en donde los feminicidios y los abusos sexuales suceden cada vez con mayor frecuencia, sin que en la mayoría de los casos los hechores sean investigados, capturados y sancionados, continuando prevaleciendo la impunidad, lo que alienta a los perpetradores a continuar en tales crímenes, que rápidamente pasan al olvido.