Muchas mujeres que han formado hogar con su pareja transcurren sus vidas de manera desapercibida por el marido y los hijos. Dan por sentado que la madre es la única obligada a realizar las múltiples tareas y deberes hogareños, con nula o muy escasa participación de los varones, recibiendo, en el mejor de los casos, alguna compensación por la cotidiana labor desempeñada, que por lo general no es remunerada ni siquiera con afecto y gratitud.
Así, semejan sombras antes que seres humanos merecedores de afecto, gratitud, reconocimiento inexistentes.
Día a día, mes a mes, año con año, la rutina y la fatiga van acumulándose y pasando factura, contribuyendo al hastío, a la pérdida de ilusiones, al prematuro envejecimiento físico, la indiferencia.
No solo en las áreas rurales sucede esta cruel realidad, también en las urbanas, realidad que es agravada cuando existe infidelidad por parte del compañero de hogar, provocando el progresivo distanciamiento entre ella y él, culminando con la deserción, el abandono, la desintegración familiar, sea por migrar a otra región u otro país, por encontrar nueva pareja o por otras causales.
Hijas e hijos van marchándose del hogar en búsqueda de oportunidades, huyendo de la violencia, formando nuevos núcleos familiares, acrecentando la soledad, precipitando el ocaso final de la mujer, prematuramente marchita en su apariencia física, en su inicial alegría de vivir, sin haber habido oportunidad propicia para el reencuentro, para el volver a empezar.
Ausencia de diálogo reemplazado por el monólogo, incomunicación, el no compartir desembocan en tal condición inhumana, deprimente.
Afortunadamente, también existe el reverso de esta sombría realidad: hogares y parejas en que sí ocurre la recíproca consulta e interacción, en que los problemas cotidianos son compartidos de palabra y de obra, aunando esfuerzos y recursos para remontarlos, practicando cotidianamente el “todos para uno, uno para todos”, en que existe la unidad y la necesaria cohesión familiar, con generosidad y comprensión multidireccional, en que alegrías y tristezas son enfrentadas conjuntamente, al igual que logros y fracasos, en las buenas y en las malas ocasiones.
De esta manera, las responsabilidades y los retos son asumidos como una tarea colectiva, ya no individual, sumando sugerencias y acciones para darles la cara colectiva y no individualmente.
El optimismo y la esperanza prevalecen sobre el derrotismo y el fatalismo, contribuyendo así a poder encarar múltiples desafíos existenciales, aun en condiciones de pobreza material, concentración de la riqueza en pocas manos, falta de acceso a bienes y servicios básicos, desigualdad y exclusión, factores adversos que militan en contra del desarrollo humano integral.
Así, la forja de la unidad, respeto mutuo, aceptación de virtudes y defectos recíprocos, constituyen factores positivos para remontar adversidades que, en unidad, pueden ser sobrellevadas y derrotadas.
La invisibilidad femenina ha logrado dar paso a la visibilidad real, no imaginada.
El no claudicar ni darse por vencido es condición esencial para la dura y diaria lucha por la vida.