La guerra regional en el Medio Oriente que enfrenta de nueva cuenta a Estados Unidos e Israel en contra de Irán involucra directamente a otras naciones y grupos armados: China, Rusia, Hezbollah, respaldando de diversas maneras a Teherán, tanto material como diplomáticamente, en tanto Washington se ha distanciado de sus tradicionales aliados -europeos y asiáticos-, que no han secundado su actual estrategia ni objetivos.
La incertidumbre constituye el signo de los tiempos actuales y resulta muy difícil, si no imposible, el vaticinar qué ocurrirá en el corto y mediano plazo en el planeta. La actual tregua en los combates al decretarse un cese del fuego -cada vez más expuesto a ser violentado y retomar la fuerza como solución final y definitiva- conduciría a mayores derramamientos de sangre y adicionales colapsos de infraestructuras civiles: hospitales, escuelas, viviendas.
Entretanto, los bombardeos israelíes en Líbano prosiguen, pese a haberse acordado un cese momentáneo de hostilidades.
Resulta lamentable constatar que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha resultado impotente para lograr un alto definitivo a la actual guerra. Ha sido el papa León XIV quien ha intentado -infructuosamente- un fin de las hostilidades apelando a la paz y la razón, sin, lastimosamente, encontrar receptividad a sus llamamientos, recibidos bien con silencio o críticas, en vez de voluntades y oídos receptivos.
Diversas consecuencias negativas genera y generará el presente enfrentamiento bélico: la posibilidad de una recesión global como resultado en el alza semanal en los precios del crudo y sus derivados, impactando sobremanera en aquellos países como el nuestro, que carecen de yacimientos petrolíferos y que, consecuentemente, deben importarlos, incluyendo fertilizantes, que la mayoría de productores agrícolas ya no están en capacidad de adquirir dados los elevados precios de los mismos, con ello reduciéndose la producción y productividad de sus fundos.
La intensificación de un nuevo ciclo de carrera armamentista y militarización de las sociedades, incluyendo la eventual fabricación de armas de destrucción masiva; es decir, nucleares.
El fin de un orden mundial regido por leyes y acuerdos de mutua aceptación, implementado a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, concretado con la firma del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, pasando ahora del multi al unilateralismo, con sistemas políticos de carácter autoritario, en menoscabo de regímenes democráticos en que gobernantes y gobernados logran alcanzar concertaciones y aplicarlas.
Del lado positivo, se acelerará la transición hacia la implementación de energías limpias no contaminantes, por ende, sin afectar la salud: solar, eólica, no dependientes del abastecimiento del “oro negro”.
El reemplazo de fertilizantes químicos importados por aquellos de naturaleza orgánica, vegetal y animal, generados localmente, con lo que se evita la fuga de divisas y los consumidores no continúan ingiriendo ingredientes tóxicos. El anhelo de la humanidad radica en un hogar común libre de guerras, conflictos, tensiones, algo que por ahora aparece muy remoto de transformarse en realidad.
Empero, el pesimismo y derrotismo no deben prevalecer en las mentalidades colectivas. Eso y la pasividad ciudadana allanan el camino a los guerreristas, demagogos, oportunistas que buscan obtener ganancias en aguas turbulentas para alcanzar propósitos inconfesables, diametralmente opuestos al pacifismo.