Una de las ventajas del paso de los años es que nos permiten ver las cosas en perspectiva; mirar hacia atrás y sopesar con criterios bien formados el significado de conceptos como: éxito, triunfo o fama.
En un mundo en el que se le da tanta importancia a lo puramente externo, a lo que brilla, a lo que llama la atención de los demás, hace falta la madurez que solo da el paso del tiempo para reconocer que, muchas veces, aquellos acontecimientos vitales a los que llamamos éxitos son demasiado coyunturales, demasiado efímeros y que, al final, posiblemente hayan contribuido con una felicidad estable y permanente, pero no en la medida en la que inicialmente creíamos. Porque la vida es una suerte de carrera de obstáculos y creer que luego del primer salto ya podemos darnos por satisfechos es un gravísimo error. Poseer un título, por ejemplo, es un acto loable y contribuye significativamente con la configuración de un futuro profesional y la consecución de unos ingresos indispensables para vivir con dignidad, pero es evidente que el verdadero conocimiento, el domino de un oficio solo se alcanza con muchos años de ejercicio, y que, tantas veces, terminamos por dedicarnos a ocupaciones que poco o nada tiene que ver con aquello que hemos estudiado. Con el tiempo uno termina por concluir que el diploma es un utilísimo respaldo, pero que lo que nos conduce a una vida plena, a tener sentido de logro, es la satisfacción que nos produce la tarea realizada y la pasión que ponemos en su ejecución.
La búsqueda de la fama es, tal vez, uno de los espejismos que mayor frustración puede contraer. El reconocimiento público no es en sí malo, pero debe entenderse como un efecto colateral de la labor y no como un objetivo a alcanzar en sí. Trabajar de cara a la gradería y esperar siempre aplausos, puede llegar a ser una constante fuente de sufrimientos, mal humor y sentido de pérdida. Encima, la opinión pública es sumamente voluble y rara vez es unánime. Un día podemos ser héroes, otro, villanos; un día inspirar amor, otro odio. Los que nos quieren bien se alegrarán de nuestros triunfos, los que nos adversan o envidian, y la envidia es un vicio universal, buscarán el detalle negativo, el rasgo oscuro, y pondrán en duda nuestra honorabilidad o la legitimidad de lo alcanzado.
Por lo anterior, lo verdaderamente importante es actuar siempre con rectitud de intención, trabajar a conciencia y con buena conciencia. Pensar en lo que podemos aportar a los demás, sin que precisamente se note. Lo de dar con la mano derecha sin que se entere la izquierda, sigue teniendo sentido.