Recientemente arribé al 36 aniversario de mi graduación profesional. Qué agradable es ver desde aquí hacia atrás y sonreír.

Recuerdo mis años de estudiante de Medicina como forastero en otra ciudad. Los recuerdos son dulces a pesar que la vida era un interminable desafío. Teníamos los bolsillos generalmente vacíos, comíamos mal, pero existía un cierto romanticismo en aquella vida donde estábamos solos, sin familia ni comodidades, y aún así, inmaduros, seguíamos hacia adelante y nada nos detenía. Esa vida difícil nos templó el carácter.

La mayoría de nosotros habíamos quemado los barcos al llegar a la capital. No había regreso sin gloria. Y triunfamos. Volvimos a casa con nuestro título de doctor en Medicina y Cirugía. Algunos seguimos una especialización donde se puso a prueba nuestra determinación en una escala mayor.

Mi profesión me cambió la forma de ver la vida. Me abrió los ojos. Constatar que no tienes derecho a la salud por falta de dinero, que la gente muere por ser pobre, hace que tu conciencia se indigne y se retuerza, te vuelve más duro y a la vez más humano, menos banal.

Mi profesión también me proveyó de una buena vida. No fue fácil. Cuesta arriba siempre. La vida del médico es como trabajar en una cuerda floja, te puede dar la gloria o el descrédito.

Pero indudablemente ha sido un viaje incomparable. Me fui de aquí a los 17 años, un adolescente, a la capital porque en ese entonces solo allí se impartía la carrera. Regresé de 25, hecho un hombre, transformado, con el conocimiento y la habilidad de curar. Siempre he creído que el ser humano puede lograr lo que desea, solo tiene que esforzarse e invertir tiempo en ello. Pero debe tener ese fuego interior que lo obligue a seguir adelante a pesar de las adversidades que encuentre. Yo no tuve otra opción.

Eso es lo que les robamos a las nuevas generaciones. El hambre de triunfar. Les hicimos la vida muy fácil. Les demostramos amor ahorrándoles dificultades. No los soltamos. No tuvieron necesidad ni de subirse a un barco, mucho menos quemarlos en la playa.

Hay muchos recuerdos, muchas enseñanzas, muchas satisfacciones, algunos pesares. Viendo hacia atrás, hacia el camino transitado, queda la certeza personal del trabajo bien hecho. Que nos sobrepusimos al destino. Que honramos la profesión. Que mejoramos la vida de muchos a través del conocimiento en el que nos entrenamos. Que el servir nos volvió una mejor persona.

Que ha valido la pena todo.