Estamos viviendo días de fuerte polarización de la opinión pública, con motivo de las elecciones generales. Muchas personas verdaderamente asustadas centran su preocupación en las ideologías, por encima de las diversas realidades que coexisten en este territorio.

¿En qué condiciones va la población hondureña a ejercer el sufragio? Sin lugar a dudas vale la pena dar un vistazo, porque ellas influyen en gran medida en las percepciones sobre cuál alternativa es la que ofrece respuestas a sus problemas cotidianos. Veamos.

Se trata de un país con más del 70% de la población en condiciones de pobreza, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) compartidos por el Foro Social de Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (Fosdeh) y con una tasa de desempleo abierto del 10.9%.

Se estima que más de 800 mil jóvenes en Honduras no estudian ni trabajan, es decir, pertenecen a la población llamada “ni-ni”. Además, organizaciones como la Fundación Eléutera han alertado sobre el alarmante número de estudiantes que están desertando del sistema educativo formal para emigrar.

No solamente se trata de empleo y educación, sino de las necesidades más básicas insatisfechas. Así, hace pocos días la organización Water for People, que hace una importante labor en Honduras, nos recordaba en redes sociales que “apenas cinco millones de hondureños tienen soluciones de saneamiento adecuadas y apropiadas”.

No se trata solamente de polarización ideológica, sino de una acentuada desigualdad social que sustenta esa división tan grande y el descontento, que podrían poner en juego la estabilidad de todo el país, si las emociones se desbordan.

Esas realidades muy duras que vive una gran parte de la población aparecen de golpe para muchos, que han permanecido ajenos a las condiciones de un país profundamente fragmentado.

Tenemos el resultado de la corrupción, del abandono, de las prácticas paternalistas por encima de aquellas que buscan el verdadero desarrollo sostenible, porque este requiere más tiempo y la campaña política no espera.

Vamos a elecciones generales el próximo domingo 28 y las condiciones para un voto razonado no son las mejores, con una población enfrascada en sobrevivir y no en el desarrollo de todas sus capacidades.

De allí que sea tan relevante reforzar los llamados a dos acciones fundamentales: por una parte, a ejercer el voto, como un derecho y deber ciudadano; por otra, a actuar con respeto y tolerancia, esenciales para la paz.

Desde todos los sectores, tenemos este tiempo para insistir hasta el cansancio en la necesidad de construir, no de destruir; de optar por soluciones pacíficas a los problemas y no a la violencia como un recurso que solamente causa pérdidas y dolor.

De manera fundamental, nos debe quedar clara la lección, especialmente para quienes optan a cargos de elección popular, que los hechos se encargan de traer a la luz aquellos grandes olvidos, voluntarios e involuntarios, que pueden significar la diferencia en la vida de miles de personas.

Estamos llamados a reemplazar el miedo por la prudencia, pues el domingo 28 de noviembre no es un destino en sí mismo, sino solamente una escala importante en nuestro camino hacia el fortalecimiento de una verdadera democracia, plural e incluyente.

Una democracia en la que todos los sectores: gobierno, academia, empresa privada y sociedad civil organizada, aporten soluciones y sean artífices del desarrollo, “sin dejar a nadie atrás” como nos señala la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

No desistamos en nuestro llamado a la paz, como la base para encontrar soluciones a nuestros grandes problemas. Participemos, depositando con nuestro voto la esperanza en un país mejor.

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