El pueblo hondureño merece más respeto por parte de los políticos, especialmente en las temporadas de campañas proselitistas, llenas de todo tipo de ofensas y amenazas desde sus inicios hasta sus cierres.

Propagandas de cancioncitas, bailes y todo tipo de máscaras y disfraces de todos los colores. Discursos virulentos y las mismas promesas mentirosas que gritan a toda garganta a un pueblo que lo toman por tonto, mientras la mayoría les aplaude.

Y lo peor en esta víspera de las próximas elecciones del 28 de noviembre es la violencia, que ha arrebatado lo más valioso, que es la vida humana de varios políticos y correligionarios de los tres partidos competitivos en el país.

Las elecciones generales deberían ser toda una fiesta cívica llena de fervor y alegría, de donde salga la persona escogida por la democracia para gobernar y debería ser felicitada por los demás participantes presidenciales.

Siendo la principal exigencia de un pueblo para elegir un presidente que este sea capaz y honesto. E igual para elegir el ampuloso número de los 128 diputados y los 298 alcaldes.

Debería haber una reforma constitucional para que un presidente pueda ser elegido por una segunda vez únicamente y esta misma normativa para los diputados y alcaldes.

Y así evitar la violación a la Constitución, tal como lo hizo el presidente Juan Orlando Hernández, confabulado con los otros dos poderes del Estado. Diputados petrificados en esos curules por décadas y debido a sus edades avanzadas solo van a tomar café y dormirse en las butacas.

Hay alcaldes que han visto a las alcaldías como sus propias haciendas, pues llegaron recién casados y ahora son abuelos y tienen a sus nietos en cargos claves municipales y van por la reelección en un país llamado Honduras.