Hay quienes dicen que solo los venezolanos deberían opinar sobre lo que pasa en Venezuela. Al final, nadie vive en carne propia una crisis ajena. Nadie carga el día a día, el miedo, la incertidumbre o el cansancio que solo conoce quien lo padece. Desde ese punto de vista, cualquier opinión externa es, por definición, incompleta.
Ahora bien, déjeme ser honesto: yo no soy experto en nada, solo soy metido. No soy experto en política, ni analista internacional, ni estratega geopolítico ni nada que se le parezca. Soy simplemente alguien que, como usted, ve las noticias, escucha discursos, conecta puntos... e identifica patrones. Nada más. Nada menos.
A veces con dudas, a veces con incomodidad, y lo que incomoda aquí es la celebración automática.
Claro que es bueno que caigan las dictaduras. Ninguna merece aplausos ni defensores. Pero el problema no está en la caída, sino en el reemplazo. Porque muchas veces no se pasa de la opresión a la libertad, sino de una forma de control a otra más elegante.
Donde antes había una dictadura explícita, aparece otra más presentable, con promesas de desarrollo, palabras modernas y discursos bien diseñados. El poder se reorganiza, pero no se reparte. El ciudadano sigue esperando.
La historia nos ha enseñado que, en nombre de la democracia, se han justificado invasiones, soberanías negociadas, violencia y saqueos. La palabra democracia se vuelve una etiqueta útil, pero no una garantía real. Suena bien, se vende bien, pero no siempre se vive bien porque no siempre se pasa de la opresión a la libertad.
Algunos prefieren no opinar, creyendo que el silencio es neutralidad, pero el silencio también es una postura porque el silencio no es neutral; es cómodo.
Lo que ocurre en un país vecino no es ajeno cuando afecta migraciones, economías y precedentes. Nuestra región está demasiado entrelazada para fingir que cada crisis es un caso aislado, todo se mueve, todo alcanza a los vecinos.
No se trata de elegir entre males y llamarlo avance. Cuestionar lo que llega no significa defender lo que cayó.
A veces celebramos demasiado rápido, sin preguntarnos a cambio de qué viene esa supuesta libertad, recuerde que no toda caída es victoria y no toda libertad es gratuita.
A veces solo estamos cambiando de dueño, creyendo que ganamos algo, cuando en realidad aceptamos otra condición.